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Santiago, 14 de septiembre del 2006.

Monseñor
Alejandro Goic Karmelic
Obispo de Rancagua
Presidente
Comité Permanente de la Conferencia Episcopal de Chile.
Presente
________

Muy querido Monseñor:

Como católicos acogemos el llamado que nos ha hecho la Conferencia Episcopal de Chile en su documento “¿Hacia dónde camina Chile?” del 7 de septiembre pasado, en orden a reflexionar sobrelas “Normas nacionales para la regulación de la fertilidad” impartidas por las autoridades de salud y sus implicancias éticas y morales, jurídicas, científicas y sociales.

Lo hacemos con admiración por el papel histórico de la Iglesia Católica en la protección de los derechos humanos en Chile y particularmente por la sensibilidad social que han ofrecido tantos fieles y religiosos, como ustedmismo, en su ministerio pastoral. Lo hacemos desde nuestra propia vocación pública y preocupados por una persistente realidad que expone a nuestras familias a las consecuencias del embarazo adolescente, el inicio cada vez mas temprano de la vida sexual de los jóvenes y a un contexto social que expone a las parejas a vulnerabilidades y dilemas antes desconocidos.

Nuestro orden social familiar esresponsabilidad de todos y nada sacamos con solo preocuparnos por las decisiones que toma la autoridad si antes no nos ocupamos por la responsabilidad que tenemos todos - colegios, padres, iglesias, etc.… - en las realidades que finalmente terminan en el escritorio de un ministro. Como si se juzgara a la autoridad por problemas que otros no hemos podido resolver.

Del mismo modo que el documentoepiscopal hubiera querido que la autoridad centrara sus preocupaciones en políticas que promovieran la justicia social y la educación, nosotros hubiéramos querido un pronunciamiento que profundizara en los problemas y desafíos de las familias chilenas y no se centrara exclusivamente en lo mismo que critica. Que nos diera luces de cómo mejorar la convivencia afectiva de los chilenos, su espíritucomunitario y sensibilidad social en vez de limitarse a un reproche moral a la autoridad en un debate más complejo de lo que la autoridad eclesiástica parece conceder. En el fondo, creemos que la comunidad católica espera un mensaje a la sociedad entera más que al gobierno.

Este debate sería simple si la “píldora del día después” fuera abortiva, pero ni la comunidad científica ni los tribunalesconceden eso. La propia declaración episcopal no llega a más que presagiar un “posible” efecto abortivo para un método de anticoncepción abiertamente distribuido para mayores de 18 años. Como si se pretendiera reabrir un debate que el país ya tuvo hace un par de años. Hoy esta píldora es un método anticonceptivo entre varios disponibles y resulta difícil valorarla de modo distinto que a las demás,sin perjuicio de consideraciones propiamente sanitarias.

A pesar de lo que aparece, tampoco es una discusión sobre la edad de las mujeres que la consumen. Si se acepta que los padres pudieran consentir su administración en caso de menores de 18 años – como la Iglesia parece aceptar - no discutimos el fármaco en si mismo sino sus términos y en qué condiciones puede suministrarse.

Estamos deacuerdo con nuestros obispos al afirmar el deber de los padres y de la sociedad en su conjunto de guiar, apoyar y orientar el desarrollo de los jóvenes. De establecer vías de comunicación y confianza que promuevan una paternidad responsable y un desarrollo afectivo acorde con la madurez de las personas. De promover un clima y políticas que ayuden a lograrlo. Que valoren a la familia como núcleobásico en que se expresan esos anhelos. En el fondo, preocuparse por “el día antes” y no solo después. Pedir políticas en esa dirección es un derecho de la Iglesia y un deber de todos nosotros. Ofrecer experiencias y testimonios de cómo lograrlo es un aporte que todos valoraríamos a quien quiera aportarlos.

Pero la pregunta es ¿qué se debe hacer cuando esa confianza y esa comunicación no existen...
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