Pulcros

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  • Publicado : 3 de enero de 2011
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La pulcritud era perfecta. Él era un cholo bien. Bien vestido, bien peinado, bien aseado. Desde la planta del pie hasta la coronilla había un halo de limpieza y asepsia que impresionaba. Lavestimenta bien planchada como todo lunes de mañana (en su caso quizá sería lo habitual los trescientos sesenta y cinco días del año), el cabello bien recortado, altamente ordenado e incluso engominado, algoque no se usa ya. Ella lo miró con asombro, no era común encontrarse, o mejor dicho toparse en esta ciudad, dentro de estas combis tan caóticas con alguien así. ¡Y que ahora se sentara a su costado! Lacorrea hacía juego con los zapatos que eran tan brillantes como espejuelos con los cordones atados prácticamente equidistantes los arcos de los nudos. Ninguna ajadura en el pantalón que era clarocomo el sol al mediodía, ni en la formal camisa celeste. En su imaginación le hubiera agregado una corbata color entero con un pequeño detalle al centro y sería su hombre ideal, o al menos el que ellahabía construido aquella vez que pensó en que necesitaba alguno. 

El aroma del perfume la cautivó. «No es tan cholo como pensé, en cualquier caso es un cholo bien». Hubiera querido hacerle un guiño,algún gesto, moverse sutilmente como quien se acomodaba, pero su educación de antaño con las monjitas canadienses aún hacían eco en su conducta, así también como su educación actual: acababa de llevarun curso de etiqueta, con la tan famosa y respetada autora de aquel dinámico libro "Ese dedo meñique", por lo cual seguía conservando las formas con esa elegancia tan propia y llena de naturalidad.Algo no estaba en duda, no iría a conversar o al menos iniciar diálogo alguno, eso estaba sobreentendido. Pero lo que más pesaba en este proceder era recordar su tan misteriosa edad, eso la contenía.Lo miró de soslayo, sin que él se diera cuenta y notó que era delgado pero fornido, «tiene fibra» pensó, vio su pecho ancho y él al tener que apoyar su brazo en el asiento delantero, para combatir...
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