Ruido de las cosas

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IV. Somos todos escapados

Estaba ya amaneciendo cuando, exhausto y medio borracho y casi afónico de tanto hablar, me dejé conducir por Maya Fritts al cuarto de huéspedes, o a lo que ella, en ese momento, llamó cuarto de huéspedes. No había una cama, sino dos catres sencillos de apariencia más bien frágil (algún crujido soltó el mío cuando me dejé caer en el colchón, sobre la escuálida sábanablanca, como un cuerpo muerto). Un ventilador aleteaba con furia sobre mi cabeza, y creo que tuve una fugaz paranoia de borracho al escoger la cama que no estaba directamente debajo de las aspas, no fuera a ser que el aparato se desprendiera en mitad de la noche y me cayera encima. Pero antes recuerdo haber recibido, en medio de la bruma del sueño y el ron, ciertas instrucciones. No dejar lasventanas abiertas sin mosquitero, no dejar las latas de coca cola en cualquier parte (se llena la casa de hormigas), no tirar el papel higiénico al inodoro. «Esto es muy importante, a los de la ciudad siempre se les olvida», me dijo o creo que me dijo, con estas palabras o con otras. «Ir al baño es una de las cosas más automáticas que existen, nadie piensa cuando está ahí sentado. Y ni le pinto losproblemas que hay después con el pozo séptico.»

La discusión de mis funciones corporales por parte de una completa extraña no me incomodó. Había en Maya Fritts una naturalidad que yo nunca había visto, y que desde luego era muy distinta del puritanismo de los bogotanos, capaces de pasarse la vida entera fingiendo que nunca han cagado. Creo que asentí, no sé si dije nada. Me dolía la pierna más quede costumbre, me dolía la cadera. Lo achaqué a la humedad y al agotamiento de tantas horas de trayecto por una carretera impredecible y peligrosa.

Me desperté desorientado. Fue el calor del mediodía lo que me despertó: estaba sudando y mi sábana estaba empapada, como las sábanas del hospital San José bajo los sudores de mis alucinaciones, y al mirar al techo me di cuenta de que el ventiladorhabía dejado de girar. La claridad agresiva del día se filtraba por las persianas de madera y formaba charcos de luz en las baldosas blancas del suelo. Junto a la puerta cerrada, sobre una silla de mimbre, había algo como un atado de ropa: dos camisas de manga corta y diseño a cuadros, una toalla verde.

Había un silencio quieto en la casa. A lo lejos se oían voces, las voces de gente quetrabaja, y también el rumor de sus herramientas al trabajar: no supe quiénes eran, qué hacían a esa hora y con ese calor, y justo cuando estaba preguntándomelo cesaron sus ruidos, y pensé que se habrían ido a descansar.
Abrí las persianas y la ventana y me asomé con la nariz casi pegada al mosquitero, y no vi a nadie: vi el rectángulo luminoso de la piscina, vi el rodadero solitario, vi una ceiba comolas que había visto en la carretera, diseñada especialmente para dar sombra a las pobres criaturas que habitaban este mundo de sol inclemente. Debajo de la ceiba estaba el pastor alemán que yo había visto al llegar. Detrás de la ceiba se abría la llanura, y detrás de la llanura, en alguna parte, corría el río Magdalena, cuyo rumor podía fácilmente imaginarme o conjeturar, porque lo había oído deniño, si bien en otras partes del río, muy lejos de Las Acacias.

Maya Fritts no estaba por ahí. de manera que me di una ducha fría (tuve que matar a una araña de tamaño considerable que resistió un buen rato en una esquina) y me puse la camisa que me quedara más amplia. Era una camisa de hombre; me dejé atrapar por la fantasía de que hubiera pertenecido a Ricardo Laverde, lo imaginé a él con lacamisa puesta; en la imagen que me figuré, por alguna razón, se parecía a mí.
Tan pronto salí al corredor se me acercó una mujer joven de bermudas rojas de bolsillos azules en cuya camiseta sin mangas se daban un beso una mariposa y un girasol. Llevaba en las manos una bandeja y en la bandeja un vaso alto de jugo de naranja. También en el salón estaban quietos los ventiladores.
«La señorita...
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