Spengler sigue teniendo razón

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SPENGLER SIGUE TENIENDO RAZÓN
Por Rodolfo M. Fattoruso
“La Historia –escribió Paul Valéry hacia el final de sus días—es el producto más peligroso que la química del intelecto ha elaborado. Sus propiedades son bien conocidas. Hace soñar, embriaga a los pueblos, engendra falsos recuerdos, exagera sus reflejos, mantiene sus viejas llagas, los atormenta en su reposo, los conduce al delirio degrandeza o al de persecución y vuelve amargas a las naciones, insoportables y vanas” (“Regards sur le Monde Actuel”, Gallimard, 1945; pag. 39). Esta opinión, comandada sin duda por la pesadumbre que le produjo la guerra y tambièn por el rechazo frente a una dilatada corriente devocional que creyó encontrar en el pasado las respuestas a los horrores y caminos del presente, inhibe a Valéry de juzgarcon imparcialidad la importancia que han tenido y tienen ciertas experiencias y algunas teorìas que en torno a ella se han formulado.

Es verdad que muchos se inclinan ante la Historia como ante un oráculo; y esto es malo. Pero tambièn es evidente que determinadas obras, liberadas de las urgentes circunstancias y de las intenciones con que fueron concebidas, crecen con los años y terminanponiendo luz allí donde el desconcierto y la falta de criterios analíticos deja espacios de sombras en la realidad. Tal es, por ejemplo, el caso de “La Decadencia de Occidente” (Espasa-Calpe, Madrid, 1926), de Oswald Spengler; un libro marcado por la barahúnda social y económica de la Primer Guerra, pero que al cabo de varias décadas comienza a prodigar elocuencia sobre el destino de los pueblos deOccidente. Deploramos que Valery, atrapado en su tiempo y en la humillada Francia de la ocupación, no pudiera leer y apreciar con soltura las incòmodas verdades de esta pieza; de otro modo, se habría abstenido del genérico denuesto y hubiera reconocido que si bien la Historia enajena, a veces, con la misma fuerza, clarifica.

Desde el siglo siguiente al de Spengler, desde este desierto en procesode expansión que nos ha tocado en suerte y del que poco a poco se apropia nuestra humillada esperanza, se advierte, en efecto, que sus anotaciones han cobrado espesura y significativo contenido. Sostiene Spengler que las civilizaciones, como todas las fuerzas de la naturaleza, siguen un modelo comùn de nacimiento, crecimiento, decadencia y muerte. Observa –lo hace en 1914-- que Occidente estáingresando en su última etapa; ya no es una cultura que produce espíritu, ya no un desarrollo que ensancha sus fronteras desde el seno del hogar a los confines del mundo, ya no es un hombre en relación inmediata con su sangre y con su tierra, sino que se trata de una culminación y por lo tanto de una caída: el hombre moderno, las sociedades modernas, vìctimas de “la dictadura del dinero”, avasalladaspor la cultura material, despojada de todo espíritu, solamente corren hacia ninguna parte.

Esta última fase, este invierno de toda civilización, está constituìdo por un perìodo de grandes guerras, seguido de otro de amplia paz donde el poder descansa en un solo polo. Semejante situaciòn no supone, sin embargo, el fin del derramamiento de sangre. Objetivamente, según esa configuración, ya noexistirían posibilidades ni motivos visibles para las guerra nacionales; éstas son prolijamente sustituidas por las guerras privadas; guerras que tienen como único fin el poder personal en el Estado universal o en parte de él: es el perìodo de los césares, de los dictadores, de los dirigentes autocráticos; personajes que son capaces de asumir distintos disfraces e ideologías, pero que coincidentementecumplirán con sus singulares cometidos de dominio sobre los pueblos, las culturas y las naciones.

La llamada paz mundial, no es otra, dice Spengler, que la afamada pax romana, un juego de control, de manipulación, la oportunidad para quedarse con todo lo que hay de vivo o de útil en el mundo. Dice Spengler: “la paz universal es siempre una resolución unilateral. La pax romana no tuvo para...
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