Subterra

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JUAN FARIÑA (1)
(Leyenda)
(1) Primer premio en el Certamen de La Revista Católica. 1903.
Sobre el pequeño promontorio que se interna en las azules aguas del golfo se ven hoy las viejas
construcciones de la mina de...
Altas chimeneas de cal y ladrillo se levantan sobre los derruidos galpones que cobijan las maquinarias,
cuyas piezas roídas por el orín descansan inmóviles sobre sus basamentosde piedras. Los émbolos ya
no avanzan ni retroceden dentro de los cilindros, y el enorme volante detenido en su carrera parece la
rueda de un vehículo atascado en aquel hacinamiento de escombros carcomidos por el tiempo.
En lo más alto, dominando la líquida inmensidad, la cabria destaca las negras líneas de sus maderos
entrecruzados en el fondo azul del cielo como una cifra siniestra ymisteriosa. En las agrias laderas, las
casas de los obreros muestran sus techos hundidos y por los huecos de las puertas y ventanas,
arrancadas de sus goznes, se ven las blanqueadas paredes llenas de grietas de las desiertas
habitaciones.
Algunos años atrás ese paraje solitario era asiento de un poderoso establecimiento carbonífero y la
vida y el movimiento animaban esas ruinas donde no se escuchahoy otro rumor que el de las olas,
azotando los flancos de la montaña.
Densas columnas de humo se escapaban entonces de las enormes chimeneas y el ruido acompasado
de las máquinas, junto con el subir y bajar de los ascensores en el pique, no se interrumpían jamás.
Mientras allá abajo en las habitaciones escalonadas en la falda de la colina las voces de las mujeres y
los alegres gritos de losniños se confundían con el ruido del mar en aquel sitio siempre inquieto y
turbulento.
En una mañana de Enero, en tanto que la máquina lanzaba sus jadeantes estertores y las blancas
volutas del vapor se desvanecían en el aire tibio convirtiéndose en lluvia finísima, un hombre subía por el
camino en dirección a la mina. Era de elevada estatura y por su traje cubierto por el polvo rojo de lacarretera parecía mas bien un campesino que un obrero. Un saco atado con una correa pendía de sus
espaldas y su mano derecha empuñaba un grueso bastón, con el que tanteaba el terreno delante de sí.
Muy en breve aquel desconocido se encontró en la plataforma de la mina, donde pidió lo llevaran a
presencia del capataz. Este, que en ese instante se dirigía al pozo de bajada, se detuvo sorprendidoante el inválido visitante:
-Amigo, díjole, yo soy el que buscas, ¿quién eres y qué es lo que deseas?
-Me llamo, Juan Fariña, y quiero trabajar en la mina, fue la breve contestación del interpelado.
Los presentes se miraron y sonrieron.
-¿Y de qué deseas ocuparte? -prosiguió en tono un tanto burlón el capataz.
-De barretero, -respondió tranquilamente el ciego.
Un murmullo partió del grupo deobreros que rodeaban el borde del pique y algunas carcajadas
comprimidas estallaron.
-Camarada, dijo el capataz, contemplando la férrea musculatura del postulante, sin duda no será fuerza
lo que te haga falta, pero para ser barretero ha¡ que tener buen ojo y un ciego como tú no servirá para el
caso.
-Nada veo, repuso, pero tengo buenas manos y no me asusta ningún trabajo.
Quedas aceptado,dijo el capataz, después de un instante de vacilación: un ciego que no pide limosna y
desea trabajar merece ser bien acogido; puedes empezar cuando, gustes.
-Mañana a primera hora estaré, aquí, respondió el original personaje y se alejó, pasando con la cabeza
erguida y las blancas pupilas fijas en el vacío por entre la turba de obreros que contemplaban
admirados sus anchos hombros y su musculosocuerpo de atleta.
En la mañana del siguiente día, Juan Fariña, con la blusa y pantalón del minero, una pequeña cesta con
la merienda en una mano y el bastón en la otra, penetraba en la jaula en compañía de un capataz y
varios trabajadores. Todos cubríanse la cabeza; con la tradicional gorra de cuero y en todas ellas,
excepto en la del ciego, sujetas a la visera brillaban encendidas pequeñas...
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