Taras bulba

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Nicolás Gogol

TARAS BULBA

I -A ver vuélvete... ¡Tiene gracia! ¿Qué significa ese hábito sacerdotal? ¿Así visten ustedes, tan mal pergeñados, en su academia? Con estas palabras acogió el viejo Bulba a sus dos hijos que acababan de terminar sus estudios en el seminario de Kiev y que entraban en este momento en el hogar paterno, después de haberse apeado de sus caballos. Los recién llegadoseran dos jóvenes robustos, de tímidas miradas, cual conviene a seminaristas recién salidos de las aulas. Sus semblantes, llenos de vida y de salud, empezaban a cubrirse del primer bozo, aun no tocado por el filo de la navaja. La acogida de su padre les había turbado, y permanecían inmóviles, con la vista fija en el suelo. -Esperen ustedes, esperen; déjenme que los examine a mi gusto. ¡Jesús! ¡Quévestidos tan la rgos! -dijo volviéndolos y revolviéndolos en todos sentidos. ¡Diablo de vestidos! ¡En el mundo no se han visto otros semejantes! Vamos, pruebe uno de los dos a correr: seguro estoy de que se enreda con él y da de narices en el suelo. -Padre, no te burles de nosotros -dijo por fin el mayor. -¡Miren el señorito! ¿Por qué no puedo burla rme de ustedes? -Porque, porque... aunque seas mipadre, juro por Dios, que si continúas burlándote, te apalearé. -¿Cómo, hijo de perro? ¿A tu padre? -dijo Taras Bulba retrocediendo algunos pasos asombrado. -Sí, a mi mismo padre, cuando se me ofende, no miro quién lo hace. -¿Y de qué modo quieres batirte conmigo, a puñetazos? 3

Taras Bulba -Me es completamente igual de un modo que otro. -Vaya por los puñetazos -repuso Taras Bulbaarremangándose las mangas. Voy a ver si sabes manejar los puños. Y he aquí que padre e hijo, en vez de abrazarse después de una larga ausencia, empiezan a asestarse vigorosos puñetazos en los costados, en la espalda, en el pecho, en todas partes, tan pronto retrocediendo como atacando. -Miren ustedes, buenas gentes: el viejo se ha vuelto loco, ha perdido de repente el juicio -exclamaba la pobre madre, pálida yflaca, inmóvil en las gradas, sin haber tenido tiempo aún de estrechar entre sus brazos a sus queridos hijos. ¡Vuelven los muchachos a casa, después de más de un año de ausencia, y he aquí que su padre inventa, Dios sabe qué bestialidad... darse de puñetazos! -¡Se bate como un coloso! -decía Bulba deteniéndose. ¡Sí, por Dios! Muy bien -añadió, abrochando su vestido; -aunque mejor hubiera hecho enno probarlo. Éste será un buen cosaco. Buenos días, hijo, abracémonos ahora. Y padre e hijo se abrazaron. -Bien, hijo; atiza buenos puñetazos a todo el mundo como lo has hecho conmigo; no des cuartel a nadie. Esto no impide que estés hecho un adefesio con ese hábito. ¿Qué significa esa cuerda que cuelga? Y tú, estúpido, ¿qué haces ahí con los brazos cruzados? -dijo, dirigiéndose al hijo menor.¿Por qué, hijo de perro, no me aporreas también? -Miren que ocurrencia -decía la madre abrazando al más joven de sus hijos. ¿En dónde se ha visto que un hijo aporree a su propio padre? ¿Y es este el momento de pensar en ello? Un pobre niño, que acaba de hacer tan largo camino, y está

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Taras Bulba tan cansado (el pobre niño tenía más de veinte años y una estatura deseis pies), tendrá necesidad de descansar y de comer un bocado; ¡y él quiere obligarle a batirse! -¡Eh! ¡Eh! Me parece que tú eres un mentecato -decía Bulba. Hijo, no escuches a tu madre, es una mujer y no sabe nada. ¿Necesitan ustedes que les acaricien? Las mejores caricias, para ustedes son una buena pradera y un buen caballo. ¿Ven ese sable? pues esa es la madre de ustedes. Todas esas tonteríasque tienen ustedes en la cabeza, no son más que sandeces; yo desprecio todos los libros en que estudian ustedes, y las A B C, y las filosofías, y todo eso; los escupo. Aquí Bulba añadió una palabra que no puede pasar a la imprenta. -Vale más -añadió- que en la próxima semana les mande al zaporojié. Allí es donde se encuentra la ciencia; allí está la escuela de ustedes, y también allí es donde...
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