Todos los detectives se llaman flanagan

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TODOS LOS DETECTIVES SE LLAMAN FLANAGAN Capítulo 1: No juguéis a detectives

Un consejo: no juguéis a detectives. O lo sois o no lo sois, pero no juguéis a serlo, porque después pasa lo que pasa y cuando os queráis echar atrás descubriréis que es demasiado tarde. Miradme a mí: empecé realizando pequeñas investigaciones para conseguir algo de pasta para mis gastos y pagarme cuatro caprichos quemis padres no podían pagarme, husmeando aquí y allá en busca de perros perdidos o de autores de anónimas cartas de amor, y un buen día, cuando trataba de averiguar cómo era posible que Elías Gual, siendo tan corto como era, aprobara los exámenes como los aprobaba, ñaca, me veo envuelto en un asunto excesivo y peligroso de traficantes de drogas y de chantaje. Y eso no es nada, porque, cuandopensaba que ya había pasado la tormenta y que podía reemprender mi apacible rutina cotidiana, se me vino encima una riada de conflictos aún mucho peores. Ejemplo de conflicto. Una mañana, apenas empezadas las vacaciones de Navidad, mi padre me había pillado para que le ayudara a sacar al callejón un montón de cajas de cerveza vacías que se nos habían acumulado en el sótano. Y estaba yo trajinando cajasarriba y abajo, cuando se me acerca por la derecha una morenita con pinta de gitanilla traviesa, cabellos negros y despeinados (¡cómo me gustan las chicas traviesas y despeinadas!), ojos aún más negros que el pelo, de mirada abrumadora de tan sincera, y boca risueña con dos incisivos de conejo de lo más graciosos. Una de esas chicas que te despiertan la necesidad de hacerte muy amigo suyo, deconfiarle todas tus inquietudes y de convencerla de tus puntos de vista mientras hacéis manitas. Pues bien, se me acerca una chica así por la derecha y me dice: —Flanagan: quiero hablar contigo. Y, por la izquierda, entra en escena Charcheneguer, una montaña de diecisiete años, abusón profesional, repetidor perpetuo, que se pasaba horas y horas en un gimnasio, cultivando sus músculos con el mismoentusiasmo y las mismas intenciones con que otros cultivan plantas carnívoras. No hace falta decir que le llamábamos Charcheneguer en honor del actor Schwarzenegger, el que interpretaba a Conan, ¿recordáis?, y él lo consideraba un honor, pobrecito, incapaz de detectar la ironía ni siquiera cuando la tenía a un centímetro de la nariz. A fuerza de ejercitarlos, le habían

salido músculos hasta en lascircunvalaciones del cerebro, en detrimento de las neuronas. Se acerca, pues, Charcheneguer por la izquierda y me dice: —Flanagan: quiero hablar contigo. Y me agarra de un brazo, me arrastra, me aleja de los cabellos, de los ojos, de la sonrisa de la morenita, me empuja entre dos pilas de cajas de cerveza aplastándome contra la pared, chafándome el pecho con una manaza tan grande que casi teníaque mirarle entre los dedos, y me suelta sin ninguna delicadeza: —Esta mañana, Fede Gómez le ha partido la cara a Rebollo. Se refería a dos compañeros del instituto. Y yo había oído hablar del incidente, sí. Me puse un poco nervioso. —¿Y sabes por qué esta mañana Fede Gómez le ha partido la cara a Rebollo? — insistió Charcheneguer, un poco reiterativo. Claro que lo sabía. De ahí que me estuvieraponiendo nervioso. —No lo sé —dije. —Porque Rebollo se ha pasado todo el trimestre haciendo pintadas que decían que si Fede era o dejaba de ser. Dejaba de ser. Lo que decían las pintadas era, sobre todo, lo que Fede dejaba de ser. Pintadas inmensas, impresas con una pintura verde que parecía tener luz propia, utilizando las paredes del instituto a modo de pantalla panorámica, que aseguraban que Fedeno era tal cosa, o carecía de tal otra. A veces afirmaban que sí, que era tal cosa o tal otra, pero siempre se trataba de alusiones a defectos o carencias con las que Fede no estaba nada de acuerdo. —¿Y sabes cómo se ha enterado Fede de que las pintadas eran cosa de Rebollo? —proseguía Charcheneguer su interrogatorio. —No —balbuceé, buscando una escapatoria, ayuda, socorro, auxilio, milagros— ....
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