Un mundo sin fin

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130U

Un Mundo Sin Fin
Ken Follett

1.
Primera parte.

1 de noviembre de 1327.

Wenda sólo tenía ocho años, pero no le temía a la oscuridad.
Todo estaba como boca de lobo cuando abrió los ojos, aunque no era eso lo que la inquietaba. Sabía dónde estaba, en el priorato de Kingsbridge, en el alargado edificio de piedra al que llamaban hospital, tumbada sobre la paja que había esparcidaen el suelo. Por el cálido olor lechoso que llegaba hasta ella, imaginó que su madre, que descansaba a su lado, estaría amamantando al recién nacido, al que todavía no le habían puesto nombre. A continuación yacía su padre y, al lado de éste, el hermano mayor de Gwenda, Philemon, de doce años.
El hospital estaba abarrotado y aunque no llegaba a distinguir con
claridad a las otras familias queocupaban el suelo del recinto, hacinadas
como ovejas en un redil, percibía el rancio hedor que desprendían sus
cálidos cuerpos. Faltaba poco para que despuntaran las primeras luces del
día de Todos los Santos, fiesta de guardar que ese año además caía en domingo,
por lo que sería día de especial precepto. Por consiguiente, la víspera
había sido noche de difuntos, azarosa ocasión en que losespíritus
malignos vagaban libremente por doquier. Cientos de personas habían
acudido a Kingsbridge desde las poblaciones vecinas, igual que la familia
de Gwenda, a pasar la noche en el interior de los recintos sagrados del
priorato para asistir a la misa de Todos los Santos con las primeras luces
del alba.
A Gwenda le inquietaban los espíritus malignos, como a cualquier
persona en su sanojuicio, pero le preocupaba aún más lo que tendría que
hacer durante el oficio.
Con la mirada perdida entre las sombras, intentó apartar de su mente
el motivo de su angustia. Sabía que en la pared de enfrente se abría una ventana arqueada, y a pesar de que ésta carecía de cristal, pues sólo los edificios
más importantes estaban acristalados, una cortinilla de hilo los protegía del
frío aire otoñal.Sin embargo, ni siquiera alcanzaba a distinguir la débil silueta
grisácea de la ventana. Se alegró; no quería que amaneciera.
Puede que no viera nada, pero sí llegaban hasta sus oídos multitud de
sonidos distintos, como el de la paja que cubría el suelo y que susurraba
constantemente cuando la gente se removía y cambiaba de postura durante
el sueño. El murmullo de unas palabras cariñosas notardó en acallar el llanto
de un niño que parecía haber despertado de una pesadilla. De vez en cuando
se oía a alguien farfullar, hablando en sueños. En algún lugar una pareja hacía
eso que hacían los padres pero de lo que nunca hablaban, eso que Gwenda
llamaba «gruñir» porque no sabía con qué otra palabra describirlo.
Vio una luz antes de lo esperado. En la puerta del extremo oriental de
laalargada estancia, detrás del altar, apareció un monje con una vela en la
mano. La dejó sobre el ara, encendió una pajuela con la llama y recorrió
la estancia para acercarla a las lámparas de las paredes, donde su sombra
se alzaba hasta el techo, como un reflejo; la pajuela se unía a su propia
sombra en la mecha de la lámpara.
La luz fue avivándose deprisa e iluminó hileras enteras de figurasovilladas
desperdigadas por el suelo, envueltas en sus anodinas capas o acurrucadas
junto a sus vecinos en busca de calor. Los enfermos ocupaban los camastros dispuestos cerca del altar, donde podrían beneficiarse mejor de la santidad del recinto. Una escalera en el extremo opuesto conducía al piso
superior, donde se encontraban las habitaciones para las visitas de la nobleza,
estanciasocupadas en ese momento por el conde de Shiring y otros
miembros de su familia.
El monje se inclinó sobre Gwenda para encender la lámpara que quedaba
justo encima de su cabeza. El hombre se fijó en ella y le sonrió. La
niña observó su rostro bajo la vacilante luz de la llama y vio que se trataba
del hermano Godwyn, un joven apuesto que la noche anterior había
tratado a Philemon con mucha...
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