Una historia sin fin

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  • Publicado : 25 de octubre de 2010
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Estaba estacionado en mi puesto de distribución con mi novia, Mari, una niña delgada, preciosa, igual de adicta que yo. Me sentía especialmente contento, me acaban de ascender, a partir de estasemana las cantidades de mariguana y cocaína que manejaba se habían duplicado, al igual que mi territorio y mi horario. Había dejado de ser uno más de los vendedores de la colonia del Refuigio unpueblo pequeño de donde yo soy originario, ahora me tocaba toda la zona aledaña también.
Esa noche en particular, estaba de excelente humor y todo me hacía reír, pensaba que estaba avanzando apaso rápido y en el sentido correcto para “sacarle jugo” a la vida. Todo me salía bien, había dejado de estudiar hacía dos semestres porque me enteré de que se puede obtener un título chueco por unalana. “Por lo tanto”, había comentado a mis cuates “es mejor hacer dinero de la manera más rápida y fácil posible, que estudiar.” Desde entonces, en lugar de entrar a clases, como creían mispadres, le dedicaba más tiempo a mi negocio.
Siendo un muchacho de clase media, que a los 16 años seguía viviendo en casa de sus papás, el dinero del tráfico se me iba en puros juguetes, y teníamuchos: dos motos, un coche “arreglado” con rines y un súper sonido, ropa carísima, estéreos, cámaras digitales y hasta un buen “fierro” con cachas de maderas finas. Era la envidia de la colonia, ynada me complacía más que verle la cara de babosos a mis vecinos que manejaban cochecitos usados cuya velocidad máxima podía ser superada por el mío en primera velocidad.
Como mis padrepreferían creer que las cantidades tremendas de dinero que manejaba provenían de trabajos eventuales como traductor de inglés, dejé de tomarlos en serio desde los dieciocho años. Si vivía en su casa erapara ahorrarme una lana, era porque me caía en gracia notar lo bueno que era yo para mentir y lo buenos que eran ellos para creer cualquier babosada que les dijera.
Sin embargo, el destino...
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