Uvieta

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UVIETA
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ues señor, había una vez un viejito muy pobre que vivía solo íngrimo en su casita y se llamaba Uvieta. Un día le entró el repente de irse a rodar tierras, y diciendo y haciendo, se fue a la panadería y compró en pan el único diez que le bailaba en la bolsa. Entonces daban tamaños bollos a tres por diez y de un pan que no era una coyunda como el de ahora, que hasta le duelen a unolas quijadas cuando lo come, sino tostadito por fuera y esponjado por dentro.

Volvió a su casa y se puso a acomodar sus tarantines, cuando tun, tun, la puerta. Fue a ver quien era y se encontró con un viejito tembeleque y vuelto una calamidad. El viejito le pidió una limosna y él le dió uno de sus bollos.
Se fue a acomodar los otros dos bollos en sus alforjitas, cuando otra vez, tun, tun, lapuerta. Abrió y era una viejita toda tulenca y con cara de estar en ayunas. Le pidió una limosna y él le dió otro bollo.
Dió una vuelta por la casa, se hechó las alforjas al hombro y ya iba para afuera, cuando otra vez, tun, tun, la puerta.
Esta vez era un chiquito, con la cara chorreada, sucio y con el vestido hecho tasajos y flaco como una lombríz. No le quedó más remedio que darle el últimobollo. --¡Qué caray! A nadie le falta Dios.
A ya sin bastimento, cogió en camino y se fue a rodar tierras.
Allá al mucho andar encontró una quebrada.
El pobre Uvieta tenía una hambre que la mandaba Dios Padre, pero como no llevaba qué comer, se fue a la quebrada a engañar a la tripa echándole agua. En eso se le apareció el viejito que le fue a pedir limosna y le dijo: --Uvieta, que manda a decirNuestro Señor, que qué querés; que le pidas cuanto se te antoje. El está muy agradecido con vos porque nos socorriste; porque mirá, Uvieta, los que fuimos a pedirte limosna éramos las Tres Divinas Personas: Jesús, María y José. Yo soy José. ¡Con que decí vos! ¡Cómo estarán por allá con Uvieta! Si se pasan con que Uvieta arriba, Uvieta abajo, Uvieta por aquí y Uvieta por allá.
Uvieta se puso apensar qué cosas pediría y al fin dijo: --Pues andá decirle que me mande un saco donde vayan a parar las cosas que yo deseo.
San José salió como un cachiflín para el cielo y a poco estuvo de vuelta con el saco.
Uvieta se lo echó al hombro. En esto iba pasando una mujer con una batea llena de quesadillas en la cabeza.
Uvieta dijo: --Vengan esas quesadillas a mi saco.
Y las quesadillas vinieron aparar al saco de Uvieta, quien se sentó junto a la cerca y se las zampó en un momento y todavía se quedó buscando.
Volvió a coger el camino y allá al mucho andar se encontró con la viejita que le había pedido limosna. La viejita le dijo: --Uvieta, que manda a decir Nuestro Señor, mi hijo, que si se te ofrece algo, se lo pidás.
Uvieta no era nada ambicioso y contestó: - No, Mariquita dígale quemuchas gracias, con el saco tengo. Panza llena, corazón contento. ¿Qué más quiero?
La Virgen se puso a suplicarle: --¡Jesús, Uvieta, no seas tan malagradecido! No me despreciés a mí. ¡Ajá, a José sí pudiste pedirle, y a mí que me muerda un burro!
Entonces a Uvieta le pareció muy feo despreciar a Nuestra Señora y le dijo: --Pues bueno: como yo me llamo Uvieta que me siembre allá en casa un palitode uvas y que quienes se suba a él no se pueda bajar sin mi permiso.
La Virgen le contestó que ya lo podía dar por hecho y se despidió de Uvieta.
Este siguió su camino y encontró otro quebrada. Le dieron ganas de tomar agua y se acercó. En la corriente vió pasar muchos pecesitos muy gordos. Como tenía hambre dijo: --Vengan estos peces ya compuesticos en una salsa tan rica, que era cosa dereventar comiéndolos.
Después siguió su camino y se salió un viejito que le dijo: -Uvieta, que manda a decir Nuestro Señor qué si se te ofrece algo. El no viene en persona porque no es conveniente, vos ves... ¡Al fin El es Quien es! ¡Qué parecía que El tuviera que repicar y andar la procesión!
--Yo no quiero nada-- respondió Uvieta.
--¡No seas sapance, hombre! Pedí, que en la Gloria andan con vos...
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