Amado nervo. miedo al dolor

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  • Publicado : 7 de junio de 2011
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EL MIEDO AL DOLOR

En las grandes naciones europeas ha surgido de años atrás y medra de un modo alarmante, una nueva plaga, peor que la falta de natalidad y que el propio alcoholismo. Trátase de una trinidad lívida, que se llama la morfina, la cocaína y el opio. Medio París busca en estas drogas los viejos paraísos artificiales de Baudelaire (en el poeta más ingenuos y -esnóbicos- que otracosa).

Entre las fobias ultramodernas, hay una inmensa: el miedo al Dolor.

Gómez Carrillo, en sus admirables Flores de Penitencia, nos recuerda las expiaciones espantosas a que se sometían los Antonios, los Palemones y los Pakomios en las Tebaidas, y cuando leemos esas páginas, parécenos que los hombres que realizaban tales mortificaciones no eran de este planeta: los hombres de ahora no sólohuyen aterrorizados ante la menor de las penitencias, sino que, en cuanto desaparece esa harmonía de sus funciones orgánicas, la euforia de su vida, corren ansiosamente a buscar la pastilla de cocaína o la pipa de opio que adormezca su mal.

¿Es que hemos olvidado el divino secreto de sufrir con resignación? ¿Somos por ventura inferiores en quilates de voluntad a los antiguos bárbaros?

No, yono creo esto; creo por el contrario que somos superiores a ellos y que nuestro Miedo al Dolor no viene sino de la afinación cada vez más extraordinaria de nuestro sistema nervioso.

La civilización nos ha traído a este punto. No se lo agradezcamos.

No cabe duda que un chino, un negro o un australiano, sufren muchísimo menos que un hombre de raza europea. De allí su estoicismo ante el dolorfísico.

Un amigo mío que fue secretario de nuestra Legación en China, vio cortar en pedazos a algunos celestes, condenados por fechorías considerables a esta odiosa pena. Y referíame que antes del suplicio charlaban y reían y cuando éste empezaba, el cuchillo del verdugo no acertaba a arrancarles un grito y a poner un gesto de angustia en la amarillenta impasibilidad de sus rostros. ¿Se trata porventura de una milagrosa fuerza de voluntad? No. Se trata sólo de organismos extraordinariamente menos sensibles que los nuestros.

Comparemos a un hombre de esos, capaces de reírse del Jardín de los Suplicios, de Mirbeau, con un europeo sibarita y refinado, a quien el menor cambio de temperatura le produce una bronquitis.

Se refiere que, cuando el barón de Montcalm visitó las cataratas delNiágara, era en lo mAs crudo del invierno. La milagrosa cabellera de la catarata estaba helada. El barón iba envuelto en pieles y le acompañaba un indio, guía, casi desnudo, que no daba la menor señal de frío.

-¿Cómo es que puedes resistir una temperatura semejante, sin cubrirte? - le preguntó el barón asombrado.

Y el indio a su vez le dijo:

-¿Por ventura no tienes frío en la cara?Respondió el barón:

-No, por cierto.

-Pues yo todo soy cara -replicó lacónicamente el indio.

Y nosotros éramos cara también; pero vino el regalo. La industria nos trajo el confort, los caloríferos respiraron su tibio aliento en nuestros hogares... y ahora inermes ante la intemperie, apenas si con los deportes logramos paliar un poco nuestra inadaptabilidad a los cambios y nuestra excesiva yvidriosa sensibilidad ante las menores molestias físicas.

En tanto, el berebere corre aun con los pies desnudos sobre las zarzas y los espinos y el indio del Norte expone impunemente su piel cobriza a todos los cierzos.

Las cincuenta mil tazas de café de que moría Balzac, la perpetua vibración moderna, el «aprisismo», el mercurialismo de nuestra vida, el vértigo de los negocios, reestiran, casihasta reventarlas, las finas cuerdas doloridas de nuestro sistema nervioso.

Ya los aristócratas europeos no pueden más. El menor soplo exterior destruye el inestable ritmo de sus funciones. La menor contrariedad acaba con su quebradiza paciencia. Tres minutos de retardo en el sacramental Madame est servie, sumen en la desesperación más profunda al ama de casa. Nuestra Señora la Neurastenia...
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