Arthur moreal

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EL HOMBRE HONRADO

Un cuento de Monteiro Lobato

- ¡Excelente sujeto! De allí nada malo viene al mundo. ¡Y honrado! ¡Ah, eso sí, honrado como no hay otro!
Era lo que todos decían de Juan Pereira.
Juan Pereira trabajaba en una repartición pública. Estuvo primero en una escribanía, y después en el comercio, como dependiente del emporio El Emperador del Calzado.
Dejó el emporio por discreparcon la técnica comercial del “emperador”, que aplicaba con fervor el viejísimo lema: gato por liebre. Y dejó la escribanía por no conseguir aumentar, con sumas extras, el lucro legal del honradísimo escribano, porque el muy ingenuo se atenía al reglamento de costas, como si aquello fuese la tabla de Moisés.
Había ingresado a la repartición como amanuense, hacía ya unos diez años, sin conseguirdar un paso adelante. Nadie se empeñaba en su favor, pues por honradez, no por orgullo, era incapaz de recurrir a los expedientes empleados con tanto acierto por sus compañeros en la lucha por el ascenso.
—Quiero ascender por merecimiento, legalmente, ¡hon-ra-da-men-te!— solía decir, provocando sonrisas piadosas en los labios de los que “saben lo que es la vida”.
Juan Pereira se había casado muyjoven, por amor, pues no concebía otra forma de casamiento, y tenía ya dos hijas señoritas. Como fuese sobremanera corto su sueldo, la pequeña familia aliviaba sus penurias con la renta complementaria de los trabajos caseros. Doña Maricota hacía dulces, las chicas cosían, y así, empujaban a pulso el carrito de la vida.
Vivían felices. Felices, sí. Ninguna ambición los atormentaba, y el ser felizreside menos en la riqueza que en esa resignación discreta de los humildes.
—Mientras haya salud, todo va muy bien— era la frase de Juan Pereira y lo suyos.
Pero vino un telegrama...
En los hogares humildes, el telegrama es presagio cierto de desgracia. Cuando el mensajero llama a la puerta y entrega el papelucho verde, los corazones laten violentamente.
—¡Qué será, Dios mío!
Pero aquel noanunciaba adversidad alguna.
Un tío de Juan Pereira, residente en el interior. Lo invitaba para actuar de padrino en el matrimonio de una hija. La distinción era inesperada. y Pereira, agradecido, fue.. En segunda clase, naturalmente, porque nunca había viajado en primera, ni podía.
Bien acogido, a despecho de su traje negro fuera de moda, ofició gravemente de padrino. Dijo a los novios lashumoradas habituales, comió los dulces de la boda, besó a la ahijada, y al día siguiente emprendió viaje de regreso.
Lo acompañaron a la estación el tío y los novios, amables y contentos; pero protestaron, mortificados, al verlo subir a un coche de segunda.
— ¡No permitimos! ¡Tiene que ir en primera!
—¡Pero si ya tengo el boleto de regreso!
—Eso es lo de menos —replicó el tío—. Vale más el placerque el ahorro. Yo pago la diferencia ¡No faltaba más!
Y compró el billete de primera, meneando la cabeza:
—¡Este Juan!
Juan Honrado, obligado así por primera vez en su vida, se instaló en un vagón de lujo, y el confort del pullman, apenas el tren partió, le llevó a meditar sobre las desigualdades de la vida.
La Conclusión fue dolorosa. Verificó que la pobreza es el mayor de los crímenes, o porlo menos el más severo e implacablemente castigado.
«Aquí, por ejemplo —reflexionaba—, en este coche de los ricos, hay asientos con almohadones de plumas, aseo esmerado, ventanillas amplias, criados a disposición de los viajeros. Lo mejor de todo.
«En los coches de los pobres ocurre lo contrario y se percibe el propósito de castigar con crueldad refinada el crimen de la pobreza: nada de muellesen los trucks, para que el rodar áspero, trepidante, haga padecer la carne humilde. En el banco de madera dura, todo recto y anguloso, ni siquiera una cuenca que favorezca el reposo de las nalgas. Bancos hechos de listones estrechos, separados entre sí de manera que martirizan el cuerpo. El respaldo —una tabla a plomo— llega sólo hasta una altura media, negando de esa manera la limosnita de un...
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