Balada triste de trompeta

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  • Publicado : 22 de marzo de 2011
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El Circo de Alejandro

La ciudad entera está revolucionada. La gente se lanza a la calle en masa para acudir a ese espectáculo circense anunciado a bombo y platillo. Ganador de prestigiosos premios. Revolución de la crítica española. La bocanada de pútrido aire fresco que Tarantino estaba esperando. Por fin ha llegado. Comienza a sonar esa balada triste en el mayor evento cinematográfico delaño. Cojan aire. La trompeta empieza a sonar.
Sobre la arena de la pista comienzan a desfilar los más grotescos personajes que una mente saludablemente enfermiza haya podido generar jamás. Payasos, trapecistas, animales y toda clase de cuadrúpedos, una banda de música, un prestidigitador y el orgulloso jefe de pista, luciendo la más amplia de sus sonrisas grabada a sosa cáustica en su rostro.Comienza su labor el payaso triste encarnado en un Carlos Areces de vacua expresión y eterno embobamiento propio de la víctima de una seria apoplejía. Se pasea por la pista con la misma soltura que un sefardí en casa de Goebbels, se ve perdido y constantemente atacado por una serie de sinsentidos dialogados que bien valen un par de minutos en la cámara de gas para el proyecto de guionista que losvomitó de entre sus dedos. El público se revuelve en sus asientos. A algunos se les revuelven las entrañas. El desnudo de Areces, justificado cual costillas porcinas en mezquita, no ayuda en nada a que los ánimos suban. Bajan. Más bien bajan. Tocan fondo y sacan una pala para seguir cavando la misma tumba donde yace la sensibilidad actoral del protagonista. El payaso triste no sabe que hacer y su caratan dotada de expresividad como un lienzo a estrenar parece no reaccionar ante los hechos que acontecen ante sus ojos. ¡Pero si está empanado! ¡Pestañea o algo! ¡Sonríe! ¡Interpreta de una vez, maldita sea! El público se impacienta. Menos mal que el payaso triste decide abrasarse la cara en un acto de misericordia hacia los espectadores y dejar paso a los efectos de maquillaje para que enseñen loque el pétreo rostro de Areces no es capaz de mostrar.
Sale a escena el payaso tonto, Antonio de la Torre. La mayor de sus tonterías, sin duda, es estar en ese circo decadente. Su labor en la pista es sencilla: despotrica, pega, despotrica, bebe, despotrica, bebe un poco más y vuelve a pegar. Entre bronca y bronca el payaso tonto aprovecha para perderse entre las faldas de la trapecista. Elpayaso triste le toca su balada a golpe de trompeta y le desfigura la cara hasta límites grotescos. Y se acabó la relevancia del payaso tonto. El público busca con desesperación una cláusula en su justificante de entrada al que acogerse en pos de una justa devolución del dinero que han invertido. Comienzan a venderse pequeños muñecos inflamables con la forma del jefe de pista. Ahora la gente espera,por lo menos, ver algo que les alegre la vista. ¡Queremos tetas! ¡Queremos las tetas de la Bang!
Disparo errado. La trapecista Carolina Bang no tiene un desnudo en su orden de escena y la única absolución para lo que es ya un desmadre absurdo se escapa por la entrelínea del prometedor busto de la belleza rubia (o morena, o pelirroja o calva, según el más puro azar decida). Se abre bien de piernas,gran mérito que justifica el por qué de su presencia en este espectáculo circense. Sabe relamerse con gracia y hacer auténticas piruetas con la lengua lo que patenta aún más las motivaciones de su aparición. Que abra la boca y los tímpanos se desgarren es un detalle carente de toda importancia. Que cada frase que suelta sea una como esputar en la santa tumba de Stanilavsky es una nimiedad. Que elpúblico desee que su personaje enmudezca en un estruendoso golpe mandibular contra el suelo en una de sus cabriolas es un hecho objetivo y demostrable.
El resto de los payasos no sabe qué hacer. Santiago Segura tenía que financiar sus nuevos proyectos. Fernando Guillén Cuervo es tan necesario como un puñado de profilácticos en un monasterio budista. El camaleónico Enrique Villén pasa por...
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