Cuanto

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Volar Sobre El Pantano
Carlos Cuauhtmoc Snchez

Novela de valores para superar la adversidad y triunfar

Zabid.

Desde que te vi por primera vez,

me di cuenta de que eres un triunfador.

Este libro es para ti.

1
LA SOLEDAD

Lisbeth pareca desconcertada por mi insistencia.

Dej su vaso de refresco sobre la mesa y me mir de forma transparente por unos segundos.

-No teentiendo -me dijo-, habamos convenido olvidar ese asunto y ahora quieres revivirlo.

La brisa del mar le alborot el largo cabello. La mir temblando con la carta de mi hermana en la mano.

-Que yo sepa, Alma no sufri como t sufriste -le dije-, pero seguramente no se necesita vivir algo tan duro para hundirse.

-Hundirse? Por qu piensas que se ha hundido?

-No s. Tal vez estoy malinterpretandolas cosas o mezclando su carta con mis pesadillas...

Me detuve. Lisbeth me miraba callada. Me encog de hombros y complet:

-Las pesadillas han vuelto.

Asinti lentamente.

-Lo s.

Camin hacia ella.

-Son demasiado reales otra vez... No quera preocuparse.

- Pero el mdico nos dijo que los sueos no se repetiran a menos que...

Dud.

-Dilo.

-A menos que volvieras a vivir unaangustia similar.

-Exactamente. Por eso necesito que me platiques la historia que nunca quise or... Necesito que t me digas lo que siente una mujer que ha sido vctima de un abuso. Porque las pesadillas tienen el ingrediente de siempre: mi hermana Alma. La escucho gritar, llorar, suplicarme. Y me despierto sudando, mirndola, cmo si estuviera all, con su gesto solitario, vido de afecto, decomprensin y ayuda...

Un grupo de pelcanos volando en delta pas sobre nuestras cabezas.

Lisbeth saba que no tena otra alternativa, que yo no quitara el dedo del rengln. Suspir.

-Est bien.

Cuando mi padre irrumpi en el recinto, estaba preparndome para dormir.

Extraamente, no toc la puerta. Entr con vehemencia como si se estuviera quemando la casa.

-Tienes que venir conmigo! Vsteterpido.

Era una orden.

-Qu ocurre?

-No hagas preguntas. Apresrate.

Slo algo muy grave poda provocar en l esa actitud a las diez de la noche.

-Te estoy esperando...

-Ya voy.

Termin de vestirme con la primera indumentaria que hall a la mano. Sal de mi cuarto asustada. Sin decir palabra, pap camin decidido a la puerta exterior. Lo segu. Casi en el umbral estaba mi madre retorcindoselos dedos. Pasamos junto a ella. Evadi mi mirada.

El automvil se hallaba con el motor en marcha, la portezuela abierta y las luces encendidas, como si hubiese detenido el vehculo de paso slo para recogerme.

-Adnde vamos?

No contest. Tena el rostro desencajado, la respiracin alterada. Manej rpidamente, casi con enojo. Se dirigi al centro de la ciudad.

-Desde cundo sales con ese joven?-cuestion.

-Adnde vamos, pap?

-Te hice una pregunta.

-Desde hace cuatro meses.

-Te ha dado a probar alguna sustancia?

-Pap, qu te pasa?

De improviso vir a la derecha y se intern por una barriada oscura y peligrosa. Despus de dar varias vueltas sin la ms elemental precaucin, se detuvo justo frente a un grupo de tipos que, sentados en la banqueta, se drogaban. Eran seis o siete.Acomodados en semicrculo, los bultos humanos enajenados compartan los estupefacientes con movimientos extremadamente torpes.

-Lo ves? -mi padre se hallaba fuera de s.

Negu con la cabeza.

-Qu quieres que vea?

-Observa bien.

Se encorv para alcanzar una linterna que llevaba debajo del asiento y cuando estaba tratando de encenderla, una de las muchachas drogadas se levant paraacercarse a nosotros. Mi padre la alumbr con el reflector. Era joven, de escasos diecisis o diecisiete aos, con la cara sucia, sin sostn y la blusa abierta hasta la mitad.

-No abras -dijo pap.

La chica se aproxim al automvil tambalendose, puso su boca sobre la ventana de mi lado, fue bajando lentamente hasta que su repugnante lengua excoriada termin de lamer el cristal.

-Vmonos -dije temblando...
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