Cuento

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  • Publicado : 17 de noviembre de 2010
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EL NIÑO DEL JUNTO AL CIELO

Por alguna desconocida razón, esteban había llegado al lugar exacto, precisamente al único lugar… Pero, ¿no sería, más bien, que “aquello” había vendido hacia él? Bajó la vista y volvió a mirar. Sí, ahí seguía el billete anaranjado, junto a sus pies, junto a su vida.
¿Porqué, por qué él?
Su madre se había encogido de hombros al pedirle la autorización para conocerla ciudad pero después le advirtió que tuviera cuidado con los carros y con las gentes. Había descendido desde el cerro hasta la carretera y, a los pocos pasos, divisó “aquello” junto al sendero que corría paralelamente a la pista.
Vacilante, incrédulo, se agachó y lo tomo entre sus manos. Diez, diez, diez, era un billete de diez soles, un billete que contenía muchísimas pesetas, innumerablesreales. ¿Cuántos reales, cuántos medios, exactamente? Los conocimientos de Esteban no abarcaban tales complejidades y, por otra parte, le bastaba con saber que se trataba de un papel anaranjado que decía “diez” por sus dos lados.
Siguió por el sendero, rumbo a los edificios que se veían más allá de ese otro cerro cubierto de casas. Esteban caminaba unos metros, se detenía y sacaba el billete de subolsillo para comprobar su indispensable presencia.
¿Había venido el billete hacia él -se preguntaba- o era él el que había ido hacia el billete?
Cruzó la pista y se interno en un terreno salpicado de basuras, desperdicios de albañilería excrementos; llegó a una calle y desde allí divisó al famoso mercado, el Mayorista, del que tanto había oído hablar. ¿Eso era Lima, Lima, Lima…? La palabra lesonaba a hueco. Recordó a su tío, le había dicho que Lima era una ciudad grande, tan grande que en ella vivían un millón de personas.
¿La bestia con un millón de cabezas? Esteban había soñado hacía algunos días, antes del viaje, en eso: una bestia con un millón de cabezas. Y ahora él, con cada paso que daba, iba internándose dentro de la bestia…
Se detuvo, miró y meditó: la ciudad, el Mercadomayorista, los edificios de tres y cuatro pisos, los autos, la infinidad de gentes -algunas como él, otras como él- y el billete anaranjado, quieto, dócil, en el bolsillo de su pantalón. El billete llevaba el “Diez” por ambos lados y en eso se parecía a Esteban. El también llevaba el “Diez” en su rostro y en su conciencia. El “diez años” lo hacía sentirse seguro y confiado, pero sólo hasta ciertopunto. Antes, cuando comenzaba a tener noción de las cosas y de los hechos, la meta, el horizonte, había sido fijada en los diez años. ¿Y ahora? No, desgraciadamente no. Diez años no era todo. Esteban se sentía incompleto, aún. Quizá si cuando tuviera doce, quizá si cuando llegara a los quince, quizá. Quizá ahora mismo, con la ayuda del billete anaranjado.
Estuvo dando algunas vueltas, atisbandodentro de la bestia, hasta que llegó a sentirse parte de ella. Un millón de cabezas y, ahora, una más. La gente se movía, se agitaba, unos iban en una dirección, otros en otra, y él, Esteban, con el billete anaranjado, quedaba siempre en el centro de todo, en el ombligo mismo.
Unos muchachos de su edad jugaban en la vereda. Esteban se detuvo a unos metros de ellos y quedó observando el ir y venir delas bolas; jugaban dos y el resto hacía rueda. Bueno, había andado unas cuadras y por fin encontraba seres como él, gente que no se movía incesantemente de un lado a otro. Parecía, por lo visto, que también en la ciudad había seres humanos.
¿Cuánto tiempo estuvo contemplándolos? ¿Un cuarto de hora? ¿Media hora, una hora acaso dos? Todos los chicos se habían ido, todos menos uno. Esteban quedómirándolo, mientras sus manos dentro del bolsillo, acariciaban el billete.
- ¡Hola, hombre!
- Hola… -respondió Esteban susurrando, casi.
El chico era más o menos de su misma edad y vestía pantalón y camisa de un mismo tono, algo que debió ser kaki en otros tiempos, pero que ahora pertenecía a esa categoría de colores vagos e indefinibles.
- ¿Eres de por acá? -le preguntó a Esteban
- Sí, este…...
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