Cuento

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  • Publicado : 20 de noviembre de 2011
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El origen de los hospicios
Juraría que yo no quepo en este mapa. Estoy solo en mi coche, ante las puertas de un
supermercado; contemplo el panorama como quien se entretiene succionando largamente una pipa. Digamos que me estoy fumandola escena: frente a mí, un cariñOsito estira la mano y se la ofrece a cada niño que pasa. Reparo en el disfraz: la tela es gruesa, lleva mucho relleno; esincómodo, sofocante, pesado. Pero a los más pequeños les atrae con la fuerza de un juguete importado.
Hace calor, la escena es infernal. A un lado del cariñOsito se ha instalado un odioso locutor que repite la oferta del día como un zombi entusiasta: tres cajas de cereal por el precio de dos. No muy lejos de ahí, se oye otra voz montada encima de una vieja canción infantil, invitando a los niños aparticipar en un concurso. Pienso en el pobre tipo del disfraz y me da vértigo. Debe de sentir náuseas sólo de contemplar una asquerosa cajade granola. Pero ahora su rostro es una ancha sonrisa, de modo que a los pequeñines les tiene sin cuidado quién sea, cómo se sienta o qué carota tenga la bestia que resopla debajo del disfraz. A juzgar por los movimientos de su cuerpo, se diría que rebosa algarabía,pero hay un ingrediente que casi nadie advierte:
esa persona oculta, cuyo rostro jamás vamos a ver, está pensando una vez más en darse un tiro.
La función comenzó cuando llegó aquel niño pelirrojo, paletita de dulce y camiseta de Batman.
Debe de tener diez, once, los años suficientes para no saludar ya al cariñOsito. O más bien los bastantes para darle los buenos días de otro modo: cada vez queel muñeco le da la mano a un niño, el pelirrojo viene y lo patea. Su técnica, hasta ahora infalible, consiste en tomar vuelo a sus espaldas, soltar el patadón y desaparecer antes de que el osito, que con trabajos puede ver y caminar, logre dar media vuelta y trate de ubicar al agresor. Durante la última media hora le habrá soltado quince, veinte puntapiés. Muy bien puestos, algunos. Pero ahí notermina el suplicio; no conforme con esculpirle una constelación de moretones en las corvas al infeliz anónimo, el malnacido escuincle pasa cerca de él y lo pincha con un alfiler, cuando no lo
pellizca con saña de sicópata asumido. Todo ello desde la absoluta impunidad, porque el cariñOsito no ha logrado siquiera mirar al felón. Tal vez piense que no es un niño, sino un batalloncito dedesequilibrados. De hecho, el pelirrojo no es el único que ha pateado al cariñOsito. Otros niños, de paso por la entrada, lo golpean discreta y certeramente. Pero este pelirrojo es sistemático: un cazador furtivo de cariñOsitos.
La gente piensa que el osito baila de alegría, pero cualquiera que se pare un minuto a
contemplarlo descubrirá que son los movimientos de alguien intensamente adolorido. Claro quecasi nadie se detiene, y los que lo hacen plantan una sonrisa tan grande como la del disfraz.
¿Quién tiene tiempo para imaginar que en plena entrada del supermercado acontece un feroz y despiadado tormento? Lo que la gente piensa y va a seguir pensando es que ese niño pelirrojo es un ángel de bondad y aquel cariñOsito un símbolo de inocencia. Si yo en este momento saliera de mi coche y fuera azorrajarle una buena docena de coscorrones al pequeño maleante, seguro que la gente se me echaría encima. ¿Cómo osa semejante labregón pegarle al querubín pelirrojito?
Observemos con calma: este supermercado está sitiado. Hacia donde uno mire aparecen las promociones para niños. Muñequitos, cereales, concursos, ofertas: todo para los reyes del hogar. El pelirrojo infame sabe bien que está libre depeligro, agazapado tras la inmunidad que le da su cobarde tamaño. Porque según el mundo entero parece estar de acuerdo, todo lo que no pasa del metro y medio es inofensivo. Si eso es verdad, que alguien vaya ahora mismo y se lo diga al cariñOsito, que otra vez ya está dando brincos en el aire porque el pelirrojito tuvo el detallazo de estamparle un carrito de compras en medio tendón. Mírenlo...
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