Cuento

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  • Publicado : 10 de febrero de 2012
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Carmen y Sylvie ya están en el tren. Hay mucha gente dentro y casi no pueden andar. Por fin llegan a sus sitios.
Hace mucho calor. Carmen se quita la chaqueta. Sylvie abre su gran bolso y coge una botella de agua. Tiene sed.
—Lo ves, Sylvie, no hay duda: todos estos madrileños se van de vacaciones —le dice Carmen.
Sylvie la mira y sonríe. Carmen es muy simpática. Sylvie la conoció el añopasado en aquella escuela. Fue su profesora de español, ahora son buenas amigas.
—Te veo muy tranquila, Carmen. ¡Qué suerte tienes! Yo no hago otra cosa que hacerme preguntas. No entiendo toda esta historia. Un año sin escribirnos, sin llamarnos por teléfono... Un año sin darnos noticias, y ahora, Otto nos escribe ese telegrama...
—Es bastante raro... pero tú conoces a Otto mejor que yo. No es fácilsaber qué tiene en la cabeza. No hace nunca las cosas como todos.
—Sí, es un chico diferente —contesta Sylvie—. ¡Puag! Esta agua está caliente. Es imposible beberla.
Luego deja la botella en el suelo y mira por la ventana sin hablar.
«Pero... un año, un año —se repite la joven una y otra vez—, es mucho tiempo; demasiado tiempo...»
Sylvie cierra un momento los ojos y empieza a pensar en Otto:«No puedo olvidar aquel primer día de clase. Sí, lo estoy viendo, estoy viendo a Otto entrar en clase aquella mañana».
***
—Buenos días, ¿cómo estáis? Yo me llamo Carmen y voy a ser vuestra profesora de español estas cinco semanas. ¿Cómo os llamáis? —pregunta Carmen después de sentarse y dejar su bolso encima de la mesa.
—Mi nombre es Alec —contesta uno de los estudiantes.
—¿Y de dónde eres,Alec?
—Yo soy alemán, de Berlín ——contesta Alec.
—Yo soy Ruth, también soy de Berlín —contesta otra estudiante, sentada a la derecha de Alec.
Todos empiezan a decir cómo se llaman y de dónde son.
—Y yo me llamo Sandra. Soy de Stuttgart, pero ahora vivo en Múnich.
—¿Y tú? —pregunta Carmen a una chica morena de ojos verdes.
—Yo soy francesa, de París... y me llamo Sylvie.
—¿Conocéis España oestáis aquí por primera vez?
—Hemos venido muchas veces —explica Sandra.
—¿Cuántas veces? —pregunta Carmen.
—Doscientas, doscientas cincuenta... ——contesta ahora Alec.
Los jóvenes no dicen nada más. Todos ellos parecen estar de acuerdo con Alec. Carmen no sabe qué pensar; no entiende qué está pasando. Ella los mira uno a uno y sonríe. Después va hasta la pizarra y escribe: «200, 250».
—Sí,doscientas, doscientas cincuenta —repite Alec.
—¿De verdad..., estáis seguros? —pregunta Carmen un poco nerviosa.
Todos contestan que sí con la cabeza. Carmen no dice nada. «No puedo creerlo —piensa—. Me parece que ya estoy vieja y no oigo bien.»
—Y... ¿cuál es vuestro trabajo? —les pregunta después.
—Somos pilotos y azafatas... —contesta Sylvie .
Ahora todos empiezan a reír. También Carmen.—Conocemos muy bien los aeropuertos españoles... ——explica Ruth.
—Y también los hoteles... —dice Sandra después.

En ese momento se abre la puerta de la clase y entra un chico alto, rubio, de ojos grandes y muy abiertos. Lleva una bonita camisa verde agua y unos pantalones azules. Anda despacio, sin decir nada y se sienta detrás de Alec, muy cerca de Sy1vie. Carmen se pone las gafas y lo mira bien.Sí, es el mismo chico del bar de la estación.
—Buenos días. Tú también eres nuevo, ¿no es así? —pregunta Carmen un poco enfadada.
—Sí, siento llegar tarde ——explica el chico con la cabeza. No conozco bien esta parte de la ciudad y me he perdido... Me llamo Otto, en español «Otilio», y soy alemán.
—Otto... ¡Ah, sí! Aquí tengo tu nombre.
Carmen lee en su cuaderno y repite: «Otto, Otto Lilienthal».—No, ése es el padre de mi abuelo.
—Tu bisabuelo —explica Carmen.
—Sí, eso es... mi bisabuelo —repite el joven, Yo soy Otto Lilienthal Jr.
—Y dime, Otto Lilienthal Jr., ¿tú también eres piloto?—pregunta Carmen divertida.
—No soy estudiante. Voy a empezar a estudiar arquitectura en la universidad. Ahora estoy de vacaciones. Pero me gusta mucho volar.
Sylvie está mirando a Otto desde...
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