Cuentos breves latinoamericanos

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  • Publicado : 30 de julio de 2010
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PEQUEÑO MIO Triunfo Arcinegas
Al afeitarse esa mañana descubrió que tenía cara de gato: se erizó. La espantosa imagen lo persiguió durante el día, en cada pausa del trabajo: los ojos claros de dilatadas pupilas, los bigotes enhiestos, las orejas puntiagudas, y su grito, su propio grito, que le descubrió un par de pequeños y finos colmillos. En la noche, sobre el cuerpo jadeante de la mujer,maulló: tuvo sueños horribles con ratas y perros y otras bestias. Al despertar se deslizó entre las sábanas, lamió los tobillos blancos y dulces y luego, perezoso, mientras los dedos de sangrientas uñas le recorrían el lomo, bebió la leche que la mujer le trajo en el platito.
AMENAZABA TORMENTA. Martha Cerda
Una hora de más o de menos no tiene importancia, salvo que estés muriéndote o naciendo.“Muriéndome” , es decir, morirse uno a sí mismo, no a otro: por lo tanto no es igual un minuto antes que después. Pero esta reflexión no la hice cuando se interpuso por primera vez en mi vida una nube entre las tres y las cuatro de la tarde, impidiéndome ver a mi alrededor durante esa hora.
Tampoco me di cuenta de que solo me cubría a mí, como una venda sobre mis párpados. Por lo demás, no estabamal, aparecía justo a la hora de la siesta, protegiéndome con su sombra de algún rayo de sol inoportuno. Era grato despertar en medio de una luz amortiguada, sin los deslumbramientos tan comunes del mes de abril. Porque era abril y aún no llegaban las lluvias, asi que la nube era mas bien blanca. La única en protestar fue mi esposa, quien no dejó de creer que era cosa mía para fastidiarla.
Leparecía de lo más extravagante traer una nube en los ojos, en lugar de unos lentes oscuros. Tal vez hubiera preferido un antifaz y no mi algodonosa compañía. Sin embargo, ahí estaba y lo mejor era dormir la siesta bajo su cobijo.
Fue hasta algunos días después que me percate de su movimiento. Estábamos en una comida de bodas, de ésas en que sirven a las cuatro de la tarde, cuado mi mujer,malhumorada, me reclamó:
-¿No pudiste dejarla en la casa?
-¿A quién?,- le pregunté.
-A tu maldita nube.
La cual a esas fechas había descendido a la altura de mi cuello, semejando una escafranda. Por cierto que, a las cinco, la nube persistía en este sitio. Me hubiera gustado verificar si en mi casa no estaba en ese momento nube alguna, mas la sola idea me pareció desleal. Indudablemente la nube era miseguidora, no tenía derecho a desconfiar de ella. Excepto que mi tiempo de observar se iba acortando, no podía objetarle nada; era juguetona, aunque discreta, no pasaba de envolverme la cara, con la cual me defendía de los ruidos.
¿Se ha puesto alguna vez algodones en los oídos para no escuchar a su cónyuge?
También me permitía reirme sin que me vieran y eludir las respuestas a la misma pregunta:-¿De dónde diablos sacaste esa cosa?
Cuando la nube se extendió hasta la hora del crepúsculo, adquirió un tono rosado que me sentaba mejor y, mientras el mundo de afuera se esforzaba en agredirme por medio de los insultos de mi mujer, a quien cada vez oía menos gracias a la nube; mi mundo de adentro crecía y se ensanchaba: el vapor ya me envolvía de la cabeza a los pies, desde las tres de latarde hasta el anochecer.
Un lunes amanecí nublado. Mi nube había decidido quedarse conmigo la noche anterior, porque amenazaba tormenta. Mi mujer estaba furiosa. Como a las diez de la mañana comencé a llover.
-Augusto, deja de hacer payasadas,- gritó mi mujer a eso de las doce, pero yo seguí lloviendo hasta que mi última gota empapó la alfombra, ante los gritos ya inaudibles de la que fuera miesposa.
ALMA EN PENA José María López Baldizón
-¿Quién se llama Baudilio Bautista
El paisano que hizo esta pregunta apareció sin que le viésemos llegar.
Vestía luto riguroso, por lo cual era de suponerle seminarista o viudo, muerto o recién llegado de provincia, aunque, a decir verdad, nadie hubiera atinado el acertijo a primera vista.
Más no puede negarse que su semblante enigmático nos...
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