Eduardo

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  • Publicado : 14 de febrero de 2011
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Me casé con ella porque estaba en turno. Había desprendido el papelito de uno de esos dispensadores rojos, de esos que hay en las carnicerías y en las oficinas burócratas, y le tocó un número alto. Después de cantidad de novias de la secundaria, de la prepa, de la carrera, del barrio. Después de fortuitos, casualidades y planes con maña. Después de todo eso apareció ella… Ya lo dije, fue una másen la lista. Al menos eso creí al principio.

La verdad es que cumplía con el perfil. Mis necesidades momentáneas eran palpables, y yo no podía fingir desconocerlas: afecto, carne, algo más confortante que un kleenex, contrapeso en mi cama King size, pareja en eventos sociales y familiares, hastío de la comida congelada y de tediosos domingos por la tarde. Es decir, necesitaba a una mujermedianamente sana, habilidosa y con buen gusto; sin defectos físicos grotescos o excesivamente notorios. No era propiamente una aventura porque pretendía poner fin, al menos a mediano plazo, a mis necesidades de animal volitivo sano.

Ella supo proveer. Visitaba mi departamento regularmente, previo aviso; me suministraba de comida y cama caliente; complacía mis gustos y disgustos en el sexo; cedía sinrepeler toda vez que el trabajo me impedía cumplirle; deglutía con sumisos silencios mis arranques de déspota ilustrado y, pasado mi fúrico estado, me entretenía con preguntas absurdas o comentarios simplones echados al ruedo para amainar al toro enfurecido. Después de todo solía mirarla a los ojos casi sin parpadear

“te voy a echar en el hombro aunque me patees la espalda” y la cargaba desdela salita hasta el lecho, entre risas y grititos de mujercita en celo.

Ella nunca me habló de bodas porque conocía que mi cuerpo era una bestezuela indómita y mi espíritu un enfermo claustrofóbico. Así era cuando me conoció. Yo todavía tenía sendos proyectos y no anteponía lo extralaboral a mi prestigio. Susana estaba en esa lista de “lo extralaboral” junto a mi afición por comprar literaturalatinoamericana y revistas de ciencia; junto a mi desmedido fanatismo por la música clásica. Eran cuestiones de hobbie, exclusivos de turnos nocturnos y tardes dominicales.

Sin embargo ella sabía perfectamente que asirse a mi brazo la conduciría lejos, que la maquinita granate de los turnos seguía escupiendo números y que, más que nada, su cuerpo le dictaba imperativamente estabilidad, comoera natural en una mujer de treinta-y-tantos-años.

Aquel día preparaba una conferencia en la universidad. Estaban en mi escritorio textos de Marcuse, La sociedad carnívora, El hombre unidimensional, Eros y civilización. Ediciones de los años sesenta, por supuesto. Puso su manita sobre uno de ellos, no me acuerdo cual, para exigir mi atención. Como solía hacerlo yo, atendía detalles que a primeravista no demandaban mayor cuidado. Esa vez me fijé que su fina capita de blanca piel translucía unas venas delgaditas, como de niña. Otras veces, cuando ponía su bracito en mi horizonte visual inmediato, había acercado celosamente mis ojos para mirar cómo el rubio vello que ahí le nacía seguía un mismo rumbo, como espigas de trigo vencidas por un viento perenne.

Su voz interrumpió mi extáticoviaje.

-José Pablo… no me baja.

-No me chingues.

-Ya compré una de esa pruebitas de farmacia y me sale positivo, no son tan confiables pero pues…

…Sordina voluntaria. Mi cabeza como tabula rasa…

Era mi secretaria. Políglota, ojiverde, elegante, de familia burguesa y como sea, pero era mi secretaria. Me acuerdo cómo se ponía de difícil. Las mujeres tienen claro que el motor varonil yla oportunidad femenil se llama instinto de competencia. Ellas aprenden a aprovecharse de eso vistiendo un velo. Sus actitudes seductoras consisten en mostrarse y ocultarse, dejarse capturar y zafarse, presentarse asequible y, de la nada, evanescerse… los velos atraen sobre todo cuando son reductos mínimos entre la cordura y la desnudez, entre la moral y la piel viva… uno puede caer en el juego...
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