El jardin secreto

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  • Publicado : 1 de noviembre de 2011
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lo que vio le pareció maravilloso; contuvo la respiración y se detuvo para observar mejor el espectáculo. Había un muchacho sentado bajo un árbol, con la espalda apoyada en el tronco, que tañía una rústica flauta de madera. Tendría unos doce años y un aspecto singular: parecía muy limpio, de nariz respingona, carrillos rojos como amapolas, y sus ojos… nunca había visto la señorita Mary un niño deojos tan redondos y tan azules. Asida al tronco del árbol donde estaba apoyado el muchacho, había una ardilla que le estaba mirando, y detrás de un matorral se asomaba un faisán que con gran delicadeza estiraba el cuello; cerca de él, dos conejos se habían sentado y olfateaban el aire con hocicos trémulos. Parecía que todos aquellos animales se iban acercando al muchacho para verle mejor yescuchar la llamada, peculiar y grave, que emanaba de su flauta.
Cuando el muchacho vio a Mary, levantó la mano y le habló con una voz que se asemejaba a la música de la flauta, y que era casi igual de grave.
—No te muevas —le dijo—. ¡Que los vas a espantar!
Mary se quedó quieta. Él dejó de tocar la flauta y empezó a incorporarse; se desplazaba con tanta lentitud que parecía que no se movía; cuandopor fin se puso en pie, la ardilla subió corriendo a las ramas de su árbol, el faisán escondió la cabeza y los conejos bajaron las patas delanteras y se alejaron dando saltitos, aunque no porque se hubieran asustado.
—Yo soy Dickon —dijo el muchacho—. Y sé que tú eres la señorita Mary.
Mary entonces comprendió que, de algún modo, también ella sabía ya quién era él antes de que se lo hubieradicho. ¿Quién, si no, sabía encantar a los conejos y faisanes al igual que los indios encantaban a las serpientes? Dickon tenía la boca ancha y curva, de labios rojos; cuando sonreía, la sonrisa le cruzaba el rostro de parte a parte.
—Me he levantao despacio —explicó— porque si te mueves con demasiá rapidez, pues sasustan. Tos nos hemos de
mover despacio y hablar en voz baja cuando están cerca lascreaturas salvajes.
Hablaba a Mary no como si ésta fuera la primera vez que se dirigía a ella, sino como si la conociera bien. Mary no sabía nada de chicos, y le habló con una cierta frialdad porque se sentía un poco azorada.
—¿Te llegó la carta de Martha? —le preguntó.
El muchacho asintió con la cabeza; tenía el cabello rizado y rojizo.
—Por eso he venido —contestó.
Se inclinó a recoger algoque había estado a su lado en el suelo mientras tocaba la flauta.
—Ya he comprao las herramientas pal jardín. Hay una palita, y un rastrillo y una horquilla. Y son de buena calidad, ya lo creo. Ah, y también hay un desplantador. Y al comprar las semillas, la dueña de la tienda me regaló un paquete de amapola blanca y uno de espuela de caballero, de color azul.
—¿Me las puedes enseñar? —dijo Mary.Mary quería hablar como lo hacía él: con facilidad y rapidez. Se dirigía a ella como si le tuviera ya una cierta simpatía, y como si no dudara ni por un momento de que le fuera a gustar a la niña, pese a ser un sencillo muchacho del páramo, de prendas remendadas, de cara graciosa y cabellos rojizos en desorden. Al acercarse Mary hasta donde estaba el muchacho percibió un aroma limpio y fresco;era a brezo y a hierba, como si él mismo estuviera hecho de estas cosas. Le gustó mucho aquel aroma y cuando vio su graciosa expresión, y las mejillas sonrosadas y los ojos redondos y azules se olvidó de su timidez.
—Vamos a sentarnos en este tronco a ver qué hay —le dijo ella.
Se sentaron, pues, y él se sacó del bolsillo un paquete torpemente envuelto en papel marrón. Desató la cuerda y dentrohabía un montón de paquetes más pequeños y mejor atados, cada uno con el dibujo de una flor.
—Hay muchas semillas de reseda y amapola —dijo el muchacho—. Si la reseda es la flor que mejor aroma tié y crece en cualquier sitio que la plantes, lo mesmo que las amapolas. Vaya, si las amapolas con que las silbes ya florecen, son pero que las más bonitas.
Se detuvo y volvió la cabeza con rapidez; se...
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