El pozo y el pendulo- edgar allan poe

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  • Publicado : 3 de septiembre de 2012
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EL POZO Y EL PÉNDULO
EDGAR ALLAN POE
Impia totorum longos hic turba furores,
Sanguinis innocui, non satiata, aloui.
Sospite nunc patria, fracto nunc funeris antro,
Mors ubi dira fuit vita salusque patent.
(Cuarteta compuesta para las puertas de un mercado que debía
construirse en el emplazamiento del club de los jacobinos en París)

Estaba rendido —extremadamente rendido por aquellalarga agonía—; y cuando, por fin, me desataron y
me fue dado sentarme, noté que mis sentidos me abandonaban. La sentencia —la terrible sentencia de
muerte— fue la última frase distintamente acentuada que hirió mis oídos. Después de ella, el son de la voz
de los inquisidores me pareció desvanecerse en el zumbido indefinido de un sueño. Aquel ruido traía a mi
alma la idea de una rotación, quizás acausa que en mi imaginación lo asociaba con una rueda de molino.
Pero eso no duró sino muy poco tiempo; porque, de pronto, ya no escuché nada. De todos modos,
durante algún tiempo todavía vi, ¡pero con qué terrible exageración! Veía los labios de los jueces en sus
hábitos negros. Me parecían blancos más blancos que la hoja en que trazo estas palabras —y delgados
hasta lo grotesco; adelgazadospor la intensidad de la expresión de dureza de inmutable resolución—, de
riguroso desprecio del dolor humano. Veía que los decretos de lo que para mí representaba el Destino
manaban aún de sus labios. Les vi retorcerse en una frase de muerte. Les vi dibujar las sílabas de mi
nombre; y me estremecí al sentir que el son no seguía al movimiento. Vi también, durante algunos
momentos de horrordelirante, la débil y casi imperceptible ondulación de los tapices negros que recubrían
las paredes de la sala. Y, entonces, mi vista se fijó en los siete grandes candelabros que estaban colocados
encima de la mesa. Primero tomaron el aspecto de la Caridad, y me parecieron como ángeles blancos y
esbeltos que tenían que salvarme; pero entonces y de golpe, un ansia mortal invadió mi alma, y sentí cadafibra de mi ser vibrar como si yo hubiese tocado el hilo de una pila voltaica; y las formas angélicas se
convertían en espectros insignificantes, con cabezas de llama, y yo veía bien que no podía esperar socorro
alguno de ellos. Y entonces se deslizó en mi imaginación, como una rica nota musical, la idea del reposo
delicioso que nos espera en la tumba. La idea vino suave, furtivamente, y mepareció que necesité mucho
rato para tener de ella una apreciación completa; pero, en el momento mismo en que mi espíritu empezaba
a bien sentir y a acariciar aquella idea, las figuras de los jueces se desvanecieron como por arte de magia;
los grandes candelabros se redujeron a nada; sus llamas se extinguieron enteramente; el negro de las
tinieblas sobrevino; todas las sensaciones parecierondesvanecerse como en una inmersión loca y
precipitada del alma en el Reino de Hades. Y el universo ya no fue más que noche, silencio, inmovilidad.
Estaba desmayado; pero, no obstante, no diré que hubiese perdido toda conciencia. Lo que de ella me
quedaba no trataré de definirlo, ni siquiera de describirlo; pero, en fin, todo no estaba perdido. En el más
profundo sueño, ¡no! En el delirio, ¡no!En el desvanecimiento, ¡no! En la Muerte, ¡no! No todo está
perdido ni en la tumba. De otro modo no habría inmortalidad para el hombre. Al despertarnos del más

profundo dormir desgarramos la telaraña de algún ensueño. No obstante, un segundo después —tan frágil
era quizás aquel tejido— no nos acordamos de haber soñado. En la vuelta del desvanecimiento a la vida
hay dos etapas: la primera, esel sentimiento de la existencia moral o espiritual; la segunda, el sentimiento de
la existencia física. Parece probable que, si al llegar a la segunda etapa, pudiésemos evocar las impresiones
de la primera, encontraríamos en ellas todos los elocuentes recuerdos del abismo transmundano. Y ese
abismo, ¿cuál es? ¿Cómo distinguiremos sus sombras de las de la tumba? Pero si las impresiones de lo...
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