El Pricipito
El Principito de Antoine de Saint Exupéry es, sin lugar a duda, uno de mis libros favoritos. Fácilmente formaría parte –junto con otros grandes como El tambor de hojalata de Günter Grass; Por quién doblan las campanas, de Ernest Hemingway; Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez; Ensayo sobre la ceguera, de José Saramágo; Pedro Páramo, de Juan Rulfo, y La Virgen de los Sicarios, de Fernando Vallejo– de mi exclusivísima y súper seleccionada colección de 5 libros que me llevaría a esa imaginaria isla desierta. (Sé contar y sé que fueron 6, pero dentro de lo imaginario todo es posible).
El pequeño pero gran Principito es de esos cuentos largos o novelas cortas que he leído por lo menos 5 veces; cada vez que lo hago me es grato encontrar algún nuevo elemento que me invita a la reflexión y el análisis. El Principito nos presenta una variada gama de personajes que pueden ir desde los objetos inanimados hasta personas con roles bien específicos. Cada uno de ellos con una personalidad y función distinta dentro de la trama.
En nuestra vida diaria, las personas somos entes distintos que venimos a este mundo en calidad de animales, de seres vivos; con la diferencia que nosotros poseemos una historia que nos antecede y nos obliga a aprehendernos de ella.
Cuando nacemos, diferentes personas con diferentes roles se encargan de presentarnos el mundo, de darnos los elementos necesarios para que nosotros participemos en él y podamos apropiarnos de las costumbres, valores y acciones propias de lo humano. Es así como construimos nuestro entorno, personalidad, valores y nuestra vida cotidiana, teniendo como principales características comunes con otros humanos las acciones que son exclusivas de nuestra propia naturaleza, es decir, las que tienen que ver con la preservación de la especie humana, como comer, satisfacer necesidades básicas y reproducirnos.
Nuestra vida diaria esta llena...
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