El sabotaje amoroso

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  • Publicado : 2 de marzo de 2012
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AMéLIE NOTHOMB
EL SABOTAJE AMOROSO

A galope tendido de mi caballo, cabalgaba entre los ventiladores. Tenía siete años. Nada resultaba más agradable que sentir aquel exceso de aire en el cerebro.
Cuanto más silbaba la velocidad, más entraba el oxígeno arrasándolo todo. Mi corcel desembocó en la plaza del Gran Ventilador, vulgarmente conocida como plaza de Tiananmen. Dobló hacia la derecha,por el bulevar de la Fealdad Habitable. Yo sujetaba las riendas con una sola mano. La otra se entregaba a una exégesis de mi inmensidad interior, elogiando ora la grupa del caballo, ora el cielo de Pekín. La elegancia de mi cabalgadura dejaba sin habla a transeúntes, escupitajos, asnos y ventiladores. No era necesario espolear mi montura. China la había creado a mi imagen y semejanza: era unaentusiasta de las grandes velocidades. Carburaba con el fervor íntimo y la admiración de las masas. Desde el primer día había comprendido el axioma: en la Ciudad de los Ventiladores, todo lo que no era espléndido era horrible. Lo cual equivale a decir que casi todo era horrible. Corolario inmediato: yo era la belleza del mundo. Y no sólo porque aquellos siete años de piel, carne, cabellos y osamentabastaran para eclipsar a las mismísimas criaturas de ensueño de los jardines de Alá y del gueto de la comunidad internacional. La belleza del mundo se materializaba en mi larga pavana ofrecida al día, en la velocidad de mi caballo, en mi cráneo desplegado como una vela encarada hacia los ventiladores. Pekín olía a vómito de niño. En el bulevar de la Fealdad Habitable, el retumbo del galope era loúnico que tapaba los carraspeos, la prohibición de comunicarse con los chinos y el espantoso vacío de las miradas. Ante la proximidad del recinto, el corcel aminoró la marcha para que los guardias
recinto, el corcel aminoró la marcha para que los guardias
pudieran identificarme. No les parecí más sospechosa que de costumbre. Penetré en el seno del gueto de San Li Tun, donde vivía desde la invenciónde la escritura, es decir: desde hacía casi dos años, allá por el neolítico, bajo el régimen de la Banda de los Cuatro.
«El mundo es todo aquello que ha lugar», escribe Wittgenstein en su admirable prosa. En 1974, Pekín no había lugar: no se me ocurre mejor manera de expresarlo. Wittgenstein no era la lectura privilegiada de mis siete años. Pero mis ojos se habían anticipado al silogismo antescitado para llegar a la conclusión de que Pekín no tenía demasiado que ver con el mundo. Me conformaba con ello: tenía un caballo y una aerofagia tentacular en el cerebro. Lo tenía todo. Era una epopeya sin fin. El único parentesco que admitía era con la Gran Muralla: única construcción humana visible desde la Luna, por lo menos respetaba mi escala. No limitaba la mirada sino que la arrastraba haciael infinito.
Cada mañana, una esclava acudía para peinarme. Ella no sabía que era mi esclava. Creía ser china. En realidad, carecía de nacionalidad, puesto que era mi esclava. Antes de Pekín, yo había vivido en Japón, donde se encuentran los mejores esclavos. En China, la calidad de las esclavas dejaba mucho que desear. En Japón, cuando tenía cuatro años, tenía una esclava a mi exclusivadisposición. Se postraba a mis pies. Era estupendo. La esclava pekinesa, en cambio, desconocía aquellas costumbres. Por la mañana, empezaba peinando mis largos cabellos; lo hacía sin ninguna delicadeza. Yo gritaba de dolor y,
sin ninguna delicadeza. Yo gritaba de dolor y,
mentalmente, le administraba innumerables azotes. A continuación, me tejía una o dos admirables trenzas, con ese arte ancestral dela trenza del que ni siquiera la Revolución Cultural ha conseguido tocar un pelo. Me gustaba más que me hiciera una sola trenza: me parecía que se adecuaba mejor a una persona de mi rango. Aquella china se llama Trê, un nombre que, de entrada, me parecía inadmisible. Le comuniqué que, en adelante, llevaría el nombre de mi esclava japonesa, que resultaba encantador. Me miró con una expresión de...
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