El socio

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  • Publicado : 5 de mayo de 2010
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EL SOCIO Genaro Prieto

Los únicos seres reales son los que nunca han existido, y si el novelista es bastante vil para copiar sus personajes de la vida, por lo menos debiera fingirnos que son creaciones suyas, en vez de jactarse de la copia. OSCAR WILDE.

I ¡IMPOSIBLE! Necesito consultarlo con mi socio...” “Sabes bien con cuanto gusto te descontaría esa letra; pero... hemos convenido con misocio...” “Hombre, si no estuviera en sociedad, si yo solo dispusiera de los fondos, te arreglaba este asunto sobre tabla... desgraciadamente el socio... “ ¡El socio, el socio, siempre el socio! Era la octava vez en la mañana que Julián Pardo, en su triste vía crucis de descuento, oía frases parecidas. Al escuchar la palabra “socio” inclinaba la cabeza y, con sonrisa de conejo, se limitaba acontestar: –Sí, sí; me explico tu situación y te agradezco. Luego, al salir, refunfuñaba mordiéndose los labios: –¡Canalla! ¡Miserable! Yo que le he ayudado tantas veces... Y ahora me sale con el socio... ¡Como si no supiera que es un mito! ¿Quién iba a ser capaz de asociarse con este badulaque? Una llovizna helada le azotaba el rostro. Parecía que el sutil polvo de cristal se empeñara en lijarle lasfacciones, enflaquecidas por el insomnio, acentuando en ellas esa especie de ascetismo que el pulimento da a los tallados en marfil. El fondo de la calle se veía como a través de un vidrio esmerilado. Los rascacielos, inmenso hacinamiento de cajones vacíos, se oprimían unos contra otros, tiritando como si el viento los estremeciera. –El socio... el socio... –seguía mascullando Julián Pardo– unafarsa, una disculpa ignominiosa... o algo peor... sí ¡ya lo creo! Una verdadera suplantación de persona. ¡Sinvergüenza! En la esquina, un grupo de gente se arremolinaba en torno de un coche de alquiler. Julián se acercó también y estiró el cuello por sobre los curiosos. ¡Estúpidos! Miraban un caballo muerto. Ahí estaba el pobre animal con las patas rígidas, los ojos turbios, el cuello como una tablay los dientes apretados... Parecía sonreírse. Julián no podía apartar los ojos de ese hocico, contraído en una mueca de supremo sarcasmo. ¡Pobre bruto! Como él, caería un día, agobiado de trabajo, hostigado por el látigo de las preocupaciones... Un acreedor, un auriga, una mujer... ¡cuestión de nombre solamente! ¡Oh! Esa sonrisa del caballo parecía decírselo bien claro: –Hermano Pardo, no me mirescon esos ojos tristes. De los dos, no soy seguramente yo el más desdichado... El coche ya no me pesa... Ahora descanso… Cuando esta noche, mal comido, sin desuncirte de la carga de tu hogar, llames en vano al sueño, yo estaré durmiendo plácidamente como ahora. Mañana, tu mujer y tu chiquillo subirán al coche; un acreedor gordo empuñará la fusta y tú, mudo, con la boca amordazada por el freno dela necesidad, reanudarás el trote interrumpido. No creas que me río de tu suerte. El sufrimiento me ha enseñado a ser benévolo. Esta mueca, esta contracción de mis mandíbulas que te ha parecido una sonrisa es sólo un gesto de desprecio hacia el cochero... ¡Qué ridículo me resulta ahora con su látigo y su gesto amenazante! ¡Por primera vez me río del cochero! Colega Pardo: ¡Confiesa lealmente que meenvidias! ¡Qué insolencia! Julián habría querido contestarle. El tono manso y bondadoso no disminuía el escozor de la verdad. Por el contrario, la hacía más humillante. ¡Qué demonio! ¡Ser tratado de colega por un caballo muerto!; pero, ¿era razonable que un corredor en propiedades se pusiera a discutir en plena calle con los restos de un jamelgo?

Miró a su alrededor. En el compacto círculo decuriosos se destacaba una mujer, casi una niña, envuelta en una suntuosa piel de marta. Su rostro delicado emergía del ancho cuello del abrigo, con ese encanto, producido tal vez por el contraste de invierno y primavera, de las flores unidas a las pieles. Los ojos, de una fingida ingenuidad –candor de estrella cinematográfica– subrayaban una sonrisa de Gioconda: –¿Es Ud. el dueño del caballo?...
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