Ensayo: literatura y ciudad

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Las Voces Del Tiempo J. G. Ballard

Más tarde, Powers pensó a menudo en Whitby, y en los extraños surcos que el biólogo había trazado, aparentemente al azar, sobre todo el suelo de la vacía piscina. De una pulgada de profundidad y veinte pies de longitud, entrecruzándose para formar un complicado ideograma semejante a un símbolo chino, había tardado todo el verano en completarlos, y era obvioque no había pensado en otra cosa, trabajando incansablemente a través de las largas tardes del desierto. Powers le había observado desde la ventana de su oficina situada en el ala de neurología, viendo cómo señalaba cuidadosamente el trazado con unas estacas y un cordel, y cómo se llevaba los trozos de cemento en un pequeño cubo de lona. Después del suicidio de Whitby nadie se había preocupado delos surcos, pero Powers le pedía prestada la llave al supervisor y se introducía en la abandonada piscina, para examinar el laberinto de pequeños canales, casi llenos con el agua que goteaba del purificador, un enigma que ahora resultaba de imposible solución. Inicialmente, sin embargo, Powers estaba demasiado preocupado por completar su trabajo en la Clínica y planear su propia retirada final.Después de las primeras frenéticas semanas de pánico, había conseguido aceptar un difícil compromiso que le permitía contemplar su situación con el indiferente fatalismo que hasta entonces había reservado para sus pacientes. Por fortuna, estaba descendiendo las pendientes física y mental simultáneamente: el letargo y la inercia embotaban sus ansiedades, y un metabolismo cada vez más perezoso exigíala concentración para producir una secuencia lógica de pensamientos. En realidad, los intervalos cada vez más prolongados de sueño sin pesadillas resultaban casi sedantes. Powers empezó a desearlos, sin hacer ningún esfuerzo para despertar más pronto de lo que era esencial. Al principio tenía un despertador en la mesilla de noche, tratando de condensar toda la actividad que podía en las horas delucidez, ordenando su biblioteca, dirigiéndose cada mañana al laboratorio de Whitby para examinar los últimos lotes de placas de rayos X racionando cada minuto y cada hora como las últimas gotas de agua de una cantimplora. Afortunadamente, Anderson, sin querer, había hecho que se diera cuenta de lo insustancial de aquella conducta. Después de que Powers abandonó la Clínica, continuaba acudiendo aella una vez a la semana para una revisión que era ya un simple formulismo. Pero, la última vez, Anderson le había tomado la presión observando el relajamiento de los músculos faciales de Powers, las apagadas pupilas, las mejillas sin afeitar. Dirigió una amistosa sonrisa a Powers a través del escritorio, preguntándose qué debía decirle. Siempre había tratado de estimular a los pacientes másinteligentes, procurando incluso proporcionarles alguna explicación. Pero Powers era demasiado difícil de alcanzar: neurocirujano extraordinario, un hombre que siempre estaba en la periferia, que sólo se encontraba a gusto trabajando con materiales poco comunes. En su fuero íntimo pensó: Lo siento, Robert. ¿Qué puedo decir? ¿Que incluso el sol se

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esta enfriando? Observó a Powers querepiqueteaba con las puntas de los dedos sobre la esmaltada superficie del escritorio, mientras sus ojos repasaban los mapas anatómicos colgados en las paredes de la oficina. A pesar de lo descuidado de su aspecto —hacía una semana que llevaba la misma camisa sin planchar y los mismos zapatos de lona blanca—, Powers parecía conservar el dominio de sí mismo, como un personaje de Conrad más o menosreconciliado con su propia debilidad. —¿En qué pasa usted el tiempo, Robert? —preguntó—. ¿Sigue acudiendo al laboratorio de Whitby? —Siempre que puedo. Tardo media hora en cruzar el lago, y a veces me despierto tarde, a pesar del despertador. Podría instalarme allí de un modo permanente. Anderson frunció el ceño. —¿Cree que es muy importante? Hasta donde se me alcanza, el trabajo de Whitby era puramente...
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