Ensayo

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  • Publicado : 16 de enero de 2011
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EL COLLAR
Yacía sobre la hierba cálida. Podía sentir cada una de sus suaves y caldeadas
hojas verdes bajo mi mejilla izquierda; también bajo mi cuerpo, bajo mi estómago,
en los muslos. Me estiré, extendí los dedos de los pies. Estaba adormecida. No
quería despertar. El sol se posaba caliente en mi espalda, intenso, casi incómodo.
Me acurruqué de nuevo sobre la hierba. Tenía la manoizquierda extendida y con
los dedos tocaba la tórrida suciedad de entre las hojas. Con los ojos cerrados me
resistía a retornar a la consciencia pero ésta parecía llegar lenta,
imperceptiblemente. Me apetecía prolongar aquel calor, aquella placidez. Moví
ligeramente la cabeza. Mi cuello parecía llevar un peso; oí el suave tintineo, un leve
movimiento, de pesadas anillas de metal.
No locomprendía.
Soñolienta, volví la cabeza a su posición original. De nuevo sentí el peso
circular, duro, en mi cuello; otra vez oí el sonido, el movimiento simple pero real
de pesadas anillas metálicas.
Entreabrí los ojos. Veía a contraluz la hierba verde y cercana; cada una de sus
hojas me parecía, en su proximidad, ancha, sucia. Con los dedos escarbé la tierra
ardiente. Cerré losojos. Comencé a sudar. Tengo que levantarme, desayunar
rápidamente y correr a clase. Debe ser tarde ya. Tengo que darme prisa.
Recordé el paño sobre mi boca y mi nariz, aquel olor, la fuerza del hombre que
me sostenía. Aunque me resistiera, el yugo de su abrazo me retenía, desamparada.
Luché, pero en vano. Estaba aterrorizada. No sabía que un hombre pudiera ser tan
fuerte. Él esperaba,paciente, sin prisa ninguna, a que yo respirara. Yo trataba de no
hacerlo. Hasta que, jadeando impotentes, los pulmones inhalaron al fin profunda y
desesperadamente el punzante, asfixiante aroma hacia el interior de mi cuerpo. En
un instante, ahogada en el horripilante e implacable olor, incapaz de expulsarlo,
incapaz de evitarlo, enferma, perdí el conocimiento.
Abrí los ojos y vi lashojas de hierba pegadas a mi cara. Delicadamente abrí la
boca y sentí el cepillo de la hierba en mis labios. Mordí una hoja y noté su jugo en
mi lengua. Cerré los ojos. Tengo que despertarme. Recordé el paño, la fuerza del hombre,
aquel olor.
Escarbé hondo en la suciedad con mis dedos. La arañé. La sentí entre mis uñas.
Levanté la cabeza y rodé sobre mí misma gritando, despertando,enredándome con
la cadena y la hierba. Me senté. En un instante me di cuenta de que estaba desnuda.
Mi cuello cargaba su pesado círculo; la recia cadena, atada al collar, caía entre mis
pechos y sobre mi muslo izquierdo.
—¡No! ¡No! —chillé—. ¡No!
De un salto me incliné hacia mis pies. La cadena pendía pesada, graciosamente
del collar. Sentía el empuje del collar contra la clavícula. Lacadena me pasaba
ahora entre las piernas, levantándose detrás de la pantorrilla, tras el talón izquierdo.
La sacudí con todas mis fuerzas. Traté de quitarme el collar por la cabeza, hacia
arriba. La giré y lo volví a intentar. Sólo conseguí herirme en la garganta; dolía. Al
levantar la barbilla vi el cielo claro, azul, con sus inquietantes nubes blancas. Pero
no pude liberarme del collar. Seme ajustaba con precisión. Solamente el dedo
meñique cabía entre su peso y mi cuello. Gemí. El collar no se podía quitar. No
había sido hecho para ser quitado. Irracional, locamente, sin nada en mi conciencia
más que mi propio miedo y la cadena, eché a correr y caí dañándome las piernas,
encadenadas. De rodillas, la agarré, tiré de ella sollozando. De rodillas, traté de
empujar haciaatrás, pero mi cabeza fue devuelta cruelmente hacia delante. Sostuve
la cadena. Medía unos cinco metros. Se extendía hasta un pesado aro unido a un
disco que a su vez estaba clavado a una gran roca de granito, de forma irregular,
pero de unos siete metros cuadrados de base y unos diez de altura. El disco, con su
aro, se hallaba aproximadamente en el centro de la piedra, bajo, a un metro...
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