Es tarde para el hombre

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FACULTAD DE MEDICINA
ÁREA SALUD Y SOCIEDAD
SALUD Y SOCIEDAD II

LA MIRADA DE HIELO

William Ospina

Tomado de:
Es tarde para el hombre
Editorial Norma. 1999

"Es difícil seguir siendo emperador ante un médico -dice Adriano al comienzo de la novela de Yourcenar- y también es difícil guardar la calidad de hombre". Leyendo esas palabras creí entender alguna vez el secreto temor queme inspiraban, no sólo los médicos, sino el ámbito de su labor. El tenso silencio de las salas de espera, la desolada paz de los hospitales, el terrible milagro de los quirófanos. Es posible que el temor que estas cosas infunden se deba a la paciente e inexorable muerte que acecha tras ellas y que habrá de mostrar su rostro algún día, pero también es posible que ese temor nazca de ellas mismas.En realidad, pocas cosas reducen tanto al hombre a la inermidad y a la impotencia como el poder de los médicos. Si un hombre nos da la mano, es nuestro igual, pero si pasa a tomar nuestro pulso parece que estuviéramos a su merced. Casi ningún saber humano otorga a su poseedor tanto poder sobre los demás como este antiguo y prestigioso saber que llamamos medicina. Hoy es una división de la ciencia yse ramifica fractalmente en especialidades cada vez más sofisticadas y onerosas, pero antes confinó con la magia y con el milagro. Durante siglos sus cultores fueron semidioses como Empédocles, dioses como Esculapio, sabios como Celso, ultra sabios como Paracelso, demiurgos, hechiceros, chamanes, milagreros y taumaturgos. Les había sido dada la más hermosa de las virtudes, la virtud de curar, dearrebatar a la carne mortal de los brazos de la muerte y retornarla indemne al milagro del mundo. Merecían toda gratitud y toda veneración. Además alternaban los tónicos de su ciencia con las medicinas de la esperanza; se subordinaban a otros misterios, no pretendían haber alzado el velo de Maya, ser dueños de un saber inapelable y absoluto. Eran seres sagrados que cumplían una función a vecesracional, a veces mágica, en un mundo encantado. En ese mundo remotísimo donde la fe movía montañas, donde la ingenuidad creía en milagros y a menudo los hacía.
Esos poderes mágicos eran atributos de algunos seres pero la verdad es que las gentes comunes participaban de cierto básico saber primordial. La tradición había legado a los humanos, generación tras generación, muchos secretos y muchasastucias para afrontar esa red de grandes prodigios y pequeñas pesadumbres que llamamos la vida. Dolores, fiebres, pasmos, palideces, desmayos, heridas, luxaciones, desgarrones, fracturas; ese iris de dolencias que va del rojo sanguíneo al verde desmayado pasando por morados y blancos y cárdenos, era continuamente leído por el saber de la tradición, y allí estaban las virtudes de las hierbas ylas cortezas, de los zumos benéficos y las aguas sulfúricas, los poderes omnímodos del limón y la miel, de los aromas y los ungüentos, de las aguas enlunadas y los licores de hojas y frutas, de las punciones y las ventosas y los sahumerios y los ayunos y los tónicos y las fricciones, los infinitos recursos de la memoria, de la improvisación y de la esperanza, para restituir a la carne afligida a losjuegos del mundo.
Por supuesto que muchas veces pasaron el segundo y el cuarto jinete del Apocalipsis arrasando la vida y saqueando terriblemente a las naciones; por supuesto que la muerte jamás fue derrotada; pero yo me atrevo a pensar que normalmente los principales peligros de la especie fueron las guerras y las religiones: príncipes y sacerdotes, antes que plagas y enfermedades. Y hoymismo podemos comprobar que ciertas epidemias, como el cólera, son secuelas de la pobreza y del desorden social antes que meros brotes de morbilidad de lo humano.
Con una antiquísima mezcla de hierbas y ternura se curaron de muchos males menores -y a veces mayores- incontables generaciones. La razón de ello, nos dirían los médicos naturistas de hoy, y los que recetan cordialmente...
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