Goleman

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Daniel Goleman

Inteligencia Emocional

EL DESAFÍO DE ARISTÓTELES 4

PARTE I 9

EL CEREBRO EMOCIONAL 9

1. ¿PARA QUÉ SIRVEN LAS EMOCIONES? 10

2. ANATOMÍA DE UN SECUESTRO EMOCIONAL 17

PARTE II 28

LA NATURALEZA DE LA INTELIGENCIA EMOCIONAL 28

3. CUANDO EL LISTO ES TONTO 29

4. CONÓCETE A TI MISMO 39

5. ESCLAVOS DE LA PASIÓN 46

6. LA APTITUD MAESTRA 637. LAS RAÍCES DE LA EMPATÍA 75

8. LAS ARTES SOCIALES 86

PARTE III 97

INTELIGENCIA EMOCIONAL APLICADA 97

9. ENEMIGOS ÍNTIMOS 98

10. EJECUTIVOS CON CORAZÓN 112

11. LA MENTE Y LA MEDICINA 123

PARTE IV 138

UNA PUERTA ABIERTA A LA OPORTUNIDAD 138

12. EL CRISOL FAMILIAR 139

13. TRAUMA Y REEDUCACIÓN EMOCIONAL 146

14. EL TEMPERAMENTO NO ES EL DESTINO 157PARTE V 166

LA ALFABETIZACIÓN EMOCIONAL 166

15. EL COSTE DEL ANALFABETISMO EMOCIONAL 167

16. LA ESCOLARIZACIÓN DE LAS EMOCIONES 188

APÉNDICE A ¿QUÉ ES LA EMOCIÓN? 207

APÉNDICE B PARTICULARIDADES DE LA MENTE EMOCIONAL 209

APÉNDICE C LOS CIRCUITOS NEURALES DEL MIEDO 213

APÉNDICE D EL CONSORCIO W.T. GRANT LOS COMPONENTES ACTIVOS DE LOS PROGRAMAS DE PREVENCIÓN 216

APÉNDICE EEL CURRICULUM DE SELF SCIENCE 217

APÉNDICE F APRENDIZAJE SOCIAL Y EMOCIONAL: RESULTADOS 218

NOTAS 222

EL DESAFÍO DE ARISTÓTELES

Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo.
Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno. Con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tansencillo.

Aristóteles, Ética a Nicómaco.

Era una bochornosa tarde de agosto en la ciudad de Nueva York. Uno de esos días asfixiantes que hacen que la gente se sienta nerviosa y malhumorada. En el camino de regreso a mi hotel, tomé un autobús en la avenida Madison y, apenas subí al vehículo, me impresionó la cálida bienvenida del conductor, un hombre de raza negrade mediana edad en cuyo rostro se esbozaba una sonrisa entusiasta, que me obsequió con un amistoso «¡Hola! ¿Cómo está?», un saludo con el que recibía a todos los viajeros que subían al autobús mientras éste iba serpenteando por entre el denso tráfico del centro de la ciudad. Pero, aunque todos los pasajeros eran recibidos con idéntica amabilidad, el sofocante clima del día parecía afectarles hastael punto de que muy pocos le devolvían el saludo.
No obstante, a medida que el autobús reptaba pesadamente a través del laberinto urbano, iba teniendo lugar una lenta y mágica transformación. El conductor inició, en voz alta, un diálogo consigo mismo, dirigido a todos los viajeros, en el que iba comentando generosamente las escenas que desfilaban ante nuestros ojos: rebajas en esos grandesalmacenes, una hermosa exposición en aquel museo y qué decir de la película recién estrenada en el cine de la manzana siguiente. La evidente satisfacción que le producía hablarnos de las múltiples alternativas que ofrecía la ciudad era contagiosa, y cada vez que un pasajero llegaba al final de su trayecto y descendía del vehículo, parecía haberse sacudido de encima el halo de irritación con el quesubiera y, cuando el conductor le despedía con un «¡Hasta la vista! ¡Que tenga un buen día!», todos respondían con una abierta sonrisa.
El recuerdo de aquel encuentro ha permanecido conmigo durante casi veinte años. Aquel día acababa de doctorarme en psicología, pero la psicología de entonces prestaba poca o ninguna atención a la forma en que tienen lugar estas transformaciones.
Laciencia psicológica sabía muy poco —si es que sabía algo— sobre los mecanismos de la emoción. Y, a pesar de todo, no cabe la menor duda de que el conductor de aquel autobús era el epicentro de una contagiosa oleada de buenos sentimientos que, a traves de sus pasajeros, se extendía por toda la ciudad. Aquel conductor era un conciliador nato, una especie de mago que tenía el poder de conjurar el...
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