Gorgias

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ALFAGUARA HISPANICA

Mario Vargas Llosa
El sueño del celta

Para Álvaro, Gonzalo y Morgana. Y para Josefina, Leandro, Ariadna, Aitana, Isabella y Anaís.

Cada uno de nosotros es, sucesivamente, no uno, sino muchos. Y estas personalidades sucesivas, que emergen las unas de las otras, suelen ofrecer entre sí los más raros y asombrosos contrastes. josé enrique rodó Motivos de Proteo

ElCongo

I

Cuando abrieron la puerta de la celda, con el cho­ rro de luz y un golpe de viento entró también el ruido de la calle que los muros de piedra apagaban y Roger se des­ pertó, asustado. Pestañeando, confuso todavía, luchando por serenarse, divisó, recostada en el vano de la puerta, la silueta del sheriff. Su cara flácida, de rubios bigotes y ojillos maledicentes, lo contemplaba con laantipatía que nunca había tratado de disimular. He aquí alguien que sufriría si el Gobierno inglés le concedía el pedido de clemencia. —Visita —murmuró el sheriff, sin quitarle los ojos de encima. Se puso de pie, frotándose los brazos. ¿Cuánto había dormido? Uno de los suplicios de Pentonville Prison era no saber la hora. En la cárcel de Brixton y en la Torre de Lon­ dres escuchaba las campanadasque marcaban las medias horas y las horas; aquí, las espesas paredes no dejaban llegar al interior de la prisión el revuelo de las campanas de las iglesias de Caledonian Road ni el bullicio del mercado de Islington y los guardias apostados en la puerta cumplían estrictamente la orden de no dirigirle la palabra. El sheriff le puso las esposas y le indicó que saliera delante de él. ¿Le traería suabogado alguna buena noticia? ¿Se habría reuni­ do el gabinete y tomado una decisión? Acaso la mirada del sheriff, más cargada que nunca del disgusto que le inspiraba, se debía a que le habían conmutado la pena. Iba caminan­ do por el largo pasillo de ladrillos rojos ennegrecidos por la suciedad, entre las puertas metálicas de las celdas y unos muros descoloridos en los que cada veinte oveinticinco pasos había una alta ventana enrejada por la que alcanzaba

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a divisar un pedacito de cielo grisáceo. ¿Por qué tenía tanto frío? Era julio, el corazón del verano, no había razón para ese hielo que le erizaba la piel. Al entrar al estrecho locutorio de las visitas, se afli­ gió. Quien lo esperaba allí no era su abogado, maître George Gavan Duffy, sino uno de sus ayudantes, un joven rubioy desencajado, de pómulos salientes, vestido como un pe­ timetre, a quien había visto durante los cuatro días del juicio llevando y trayendo papeles a los abogados de la defensa. ¿Por qué maître Gavan Duffy, en vez de venir en persona, mandaba a uno de sus pasantes? El joven le echó una mirada fría. En sus pupilas había enojo y asco. ¿Qué le ocurría a este imbécil? «Me mira como si yo fuera unaalimaña», pensó Roger. —¿Alguna novedad? El joven negó con la cabeza. Tomó aire antes de hablar: —Sobre el pedido de indulto, todavía —murmu­ ró, con sequedad, haciendo una mueca que lo desencajaba aún más—. Hay que esperar que se reúna el Consejo de Ministros. A Roger le molestaba la presencia del sheriff y del otro guardia en el pequeño locutorio. Aunque permane­ cían silenciosos e inmóviles,sabía que estaban pendientes de todo lo que decían. Esa idea le oprimía el pecho y di­ ficultaba su respiración. —Pero, teniendo en cuenta los últimos aconteci­ mientos —añadió el joven rubio, pestañeando por prime­ ra vez y abriendo y cerrando la boca con exageración—, todo se ha vuelto ahora más difícil. —A Pentonville Prison no llegan las noticias de afuera. ¿Qué ha ocurrido? ¿Y si el Almirantazgoalemán se había decidido por fin a atacar a Gran Bretaña desde las costas de Irlanda? ¿Y si la soñada invasión tenía lugar y los cañones del Kái­ ser vengaban en estos mismos momentos a los patriotas

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irlandeses fusilados por los ingleses en el Alzamiento de Semana Santa? Si la guerra había tomado ese rumbo, sus planes se realizaban, pese a todo. —Ahora se ha vuelto difícil, acaso...
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