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  • Publicado : 10 de enero de 2011
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La tía Leonor tenía el ombligo más perfecto que se haya visto. Un pequeño punto
hundido justo en la mitad de su vientre planísimo. Tenía una espalda pecosa y unas caderas
redondas y firmes, como los jarros en que tomaba agua cuando niña. Tenía los hombros
suavemente alzados, caminaba despacio, como sobre un alambre. Quienes las vieron cuentan
que sus piernas eran largas y doradas, que elvello de su pubis era un mechón rojizo y
altanero, que fue imposible mirarle la cintura sin desearla entera.
A los diecisiete años se casó con la cabeza y con un hombre que era justo lo que una
cabeza elige para cursar la vida. Alberto Palacios, notario riguroso y rico, le llevaba quince
años, treinta centímetros y una proporcional dosis de experiencia. Había sido largamente
novio de variasmujeres aburridas que terminaron por aburrirse más cuando descubrieron
que el proyecto matrimonial del licenciado era a largo plazo.
El destino hizo que tía Leonor entrara una tarde a la notaría, acompañando a su madre
en el trámite de una herencia fácil que les resultaba complicadísima, porque el recién
fallecido padre de la tía no había dejado que su mujer pensara ni media hora de vida. Todohacía por ella menos ir al mercado y cocinar. Le contaba las noticias del periódico, le expl icaba
lo que debía pensar de ellas, le daba un gasto que siempre alcanzaba, no le pedía
nunca cuentas y hasta cuando iban al cine le iba contando la película que ambos veían: "Te
fijas, Luisita, este muchacho ya se enamoró de la señorita. Mira cómo se miran, ¿ves? Ya la
quiere acariciar, ya la acaricia.Ahora le va a pedir matrimonio y al rato seguro la va a estar
abandonando".
Total que la pobre tía Luisita encontraba complicadísima y no sólo penosa la repentina
pérdida del hombre ejemplar que fue siempre el papá de tía Leonor. Con esa pena y esa
complicación entraron a la notaría en busca de ayuda. La encontraron tan solícita y eficaz
que la tía Leonor, todavía de luto, se casó en año ymedio con el notario Palacios.
Nunca fue tan fácil la vida como entonces. En el único trance difícil ella había seguido
el consejo de su madre: cerrar los ojos y decir un Ave María. En realidad, varias Avesmarías,
porque a veces su inmoderado marido podía tardar diez misterios del rosario en llegar a
la serie de quejas y soplidos con que culminaba el circo que sin remedio iniciaba cuando poralguna razón, prevista o no, ponía la mano en la breve y suave cintura de Leonor .
Nada de todo lo que las mujeres debían desear antes de los veinticinco años le faltó a
tía Leonor: sombreros, gasas, zapatos franceses, vajillas alemanas, anillo de brillantes, collar
de perlas disparejas, aretes de coral, de turquesas, de filigrana. Todo, desde los calzones
que bordaban las monjas trinitarias hastauna diadema como la de la princesa Margar ita.
Tuvo cuanto se le ocurrió, incluso la devoción de su marido que poco a poco empezó a
darse cuenta de que la vida sin esa precisa mujer sería intolerable.
Del circo cariñoso que el notario montaba por lo menos tres veces a la semana, llegaron
a la panza de la tía Leonor primero una niña y luego dos niños. De modo tan extraño
como sucede sólo enlas películas, el cuerpo de la tía Leonor se infló y desinfló las tres veces
sin perjuicio aparente. El notario hubiera querido levantar un acta dando fe de tal maravilla,
pero se limitó a disfrutarla, ayudado por la diligencia cortés y apacible que los años y la
curiosidad le habían regalado a su mujer. El circo mejoró tanto que ella dejó de tolerarlo con
el rosario entre las manos y hastallegó a agradecerlo, durmiéndose después con una sonr isa
que le duraba todo el día.
No podía ser mejor la vida en esa familia. La gente hablaba siempre bien de ellos,
eran una pareja modelo. Las mujeres no encontraban mejor ejemplo de bondad y compañía
que la ofrecida por el licenciado Palacios a la dichosa Leonor, y cuando estaban más enojados
los hombres evocaban la pacífica sonrisa de la...
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