Jessi

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  • Publicado : 26 de septiembre de 2010
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EDIPO.- Hijos míos, vástagos nuevos del antiguo Cadmo, ¿qué significa esa postración humilde, y qué ese corro y los ramos suplicantes, mientras que la ciudad está llena de timiamas y con ellos de himnos y de lamentos? No me ha parecido bien, hijos míos, averiguarlo por mensajeros, y yo mismo he querido venir a preguntároslo; yo, el que todos llaman Edipo el renombrado.
Dimelo tú, anciano, puestú eres el llamado a hablar en nombre de todos, ¿qué es lo que os tiene postrados ahi?, ¿el temor?, ¿algún deseo? Con todo mi corazón seré yo en vuestra ayuda, que insensible habia de ser para no conmoverme con tan triste espectáculo.

SACERDOTE.- ¡Oh rey de nuestra tierra, Edipo!, ya ves la edad de los que aquí nos hemos acogido a tus aras; los unos aún no pueden levantar el vuelo; los otros,sacerdotes abrumados por los años; y yo lo soy de Zeus; estos, la flor de nuestra juventud; el resto de tus súbditos, en el ágora está en torno a los altares o ante los dos templos de Palas, o junto a las cenizas adivinatorias de Ismeno.
Pues la ciudad, como tú lo estás viendo, padece horrible tormenta, y no puede sacar la cabeza del fondo del sangriento oleaje. Corrómpensele en sus mismos talloslos frutos de la tierra, muérensele los rebaños que pacen sus praderas, y los niños entre los infructuosos dolores de sus madres. Y, sobre todo esto, un dios armado de fuego ha embestido a la ciudad y la acosa una peste asoladora, y va dejando vacia la mansión de Cadmo, y se llena de nuestros lamentos y gemidos ei negro infierno.
Ni yo ni estos tus hijos, al venir aqui y rodear tu hogar,pretendemos igualarte con los dioses; pero entre todos los hombres, en ti vemos al más conocedor de los vaivenes de la fortuna y de los planes de los dioses; pues tú, al venir a esta ciudad de Cadmo, nos libraste del horrendo tributo que pagábamos a la implacable Esfinge, y esto, sin valerte de la menor información nuestra ni ser instruido por nosotros; no, con la asistencia de un dios (asi se dijo y secreyó) sacaste a flote nuestra vida.
Pues ahora también, ¡oh caro Edipo!, a quien todos aclaman el poderoso, a ti acudimos todos suplicantes, búscanos algún remedio, bien te lo inspiren las voces de los dioses, bien te lo dicte algún mortal, pues yo sé que a los experimentados es a quienes el éxito confirma los consejos.
Ea, pues, tú, ¡el más piadoso de los hombres!, restaura a la patria; ea, mirapor ti, pues recordando tus antiguos favores, a ti te aclama esta ciudad por salvador. Jamás se diga de tu reinado que al principio nos pusiste a salvo y luego volvimos a hundirnos.
Restablece a tu patria sobre firmes bases.
Con felices auspicios nos salvaste anteriormente, muéstrate ahora el de antes. Porque si rey has de ser de este país, como lo eres, mejor es ser rey de hombres que dedesiertos. Nada es la torre, nada la nave, sin hombre dentro que la habiten.

EDIPO.- Sabidos, hijos míos desdichados, demasiado sabidos tengo todos los quebrantos que habéis venido a exponerme. Bíen sé yo que, aunque todos estáis sufriendo, con todas vuestras penas, no hay uno entre vosotros que sufra tanto como yo sufro; el corazón de cada uno de vosotros solo su propio dolor invade, y en él anida yen nadie más; en cambio, mi alma todos los males de la ciudad, y los míos propios y los vuestros, todos los está sufriendo a un tiempo.
Así que no venís a despertar a un dormido; tened por cierto que llevo derramadas muchas lágrimas y he tanteado muchos caminos en mi desconcierto y cavilaciones.
Un solo remedio he hallado, meditándolo mucho, y lo he aplicado: al hijo de Meneceo, mi cuñadoCreonte, le he enviado al templo Pítico de Febo para preguntar qué podría yo hacer o qué aconsejar para salvar la ciudad. Y, por cierto, que al computar los días transcurridos, me da cuidado qué le pasará; mucho tiempo lleva ya, mucho más de lo que es razón, ausente de nosotros. En fin, asi que llegue, yo cumpliré puntualmente cuanto el dios ordenare, o tenedme por un malvado.

SACERDOTE.-...
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