La muerte de honorio

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MIGUEL

OTERO

SILVA

La muerte de Honorio
NUEVA NARRATIVA HISPÁNICA SEIX BARRAL BARCELONA • CARACAS* MÉXICO

Los personajes y el argumento de este libro son imaginarios.En cuanto a los maltratos que en él se narran son auténticos y fueron padecidos por venezolanos de carne y hueso en los años inmediatamente anteriores a 1958. M.O.S.

A María Teresa

PRIMER CUADERNO CINCO QUE NOHABLARON

EL YVC-ALI

EL YVC-ALI volaba sobre desamparados pajonales. El Médico —una frente cristalina fusionada al vidrio del tragaluz— atisbaba el desfile de verdes con obstinada fijeza, como si temiera olvidarlos. Al devolverle los anteojos, los objetos recuperaron su relieve y se disipó la bruma que a él lo distanciaba de los seres y de las cosas. Las muñecas del Médico emergían penosamente delas mangas de la chaqueta, deformadas por la mordedura de las esposas, repugnantes rebanadas de carne rota y lívida. Aun en ese instante de tránsito entre cielo y nubes se engarzaba a la más maltratada de sus muñecas, la de la mano derecha, uno de aquellos garfios circulares que la habían roturado de magulladuras y heridas. Del aro de acero pendía una breve cadena que conducía a un aro similarceñido a la muñeca izquierda de otro preso, su vecino de asiento. Era el Barbero. Nunca antes se habían cruzado las vidas de estos dos hombres apareados ahora por argollas metálicas que fueron forjadas gemelas para maniatar a un solo prisionero. El Médico dedicó unos minutos a descifrar un rostro conocido bajo las facciones abotagadas de su acompañante pero renunció a ese inútil propósito y seconsagró a otear los manteles de la sabana. El Barbero —patillas de prócer y camisa a cuadros— no miraba hacia la ventanilla ni hacia el Médico. Sus ojos acechaban sin cesar la cabina del piloto como sus oídos recelosos captaban los ruidos más insignificantes. Era la primera vez que

subía a un avión y, en verdad, no las tenía todas consigo. A cada cabezada entre las nubes agarrotaba ansiosamente lamano libre sobre el brazo del asiento, como si de esa manera lograse amortiguar la sensación de caer en un abismo que le crispaba los músculos del abdomen.
Dos hombres igualmente esposados viajaban en los asientos posteriores. El de la ventanilla —barba rubia de Corazón de Jesús añadida a un perfil satánico de Caronte al timón de su barcaza de condenados sin esperanza— era el Periodista. Se sabíade memoria las alternativas de aquel paisaje sobre el cual había volado tantas veces cuando era libre. Ahora lo miraba de reojo, silbaba entre dientes una vieja canción mexicana (¡Si Adelita se fuera con otro...!), o se inclinaba para hablar a su vecino, el Tenedor de Libros, a quien aventajaba en altura más de la cabeza. El Tenedor de Libros —bajo de estatura pero ancho de hombros y forzudo comoun caletero del puerto— tenía el cabello blanco aunque era fácil advertir que las canas no definían su edad real, que esas greñas habían cambiado de color prematuramente. El Periodista y el Tenedor de Libros, afiliados a banderías políticas rivales, sostuvieron agrias discusiones en tiempos pasados. Un domingo de comicios por un tris no se fueron a las manos a escaso trecho de una mesa electoral.Se encontraban de nuevo en un avión o galera, mancornado el uno al otro por garabatos férreos, apersogados en un calabozo de aluminio que cruzaba el cielo rumbo a un destino incierto. Con la primera mirada se pusieron de acuerdo para olvidar rencillas de una vida anterior. El Periodista rubricó el pacto con estas palabras: — ¡Compadre, qué viejo te han puesto! Había un quinto preso en el avión.Era el Capitán —no vestía uniforme pero se traslucía el oficio militar del modo rígido de sentarse y de la altivez de la quijada—. arrinconado en un asiento de la banda derecha. El Barbero había tropezado su fotografía en las páginas de una revista. En cuanto al Periodista, lo conocía de cerca, tan de cerca que llegaron a conspirar juntos en reciente ocasión. Justamente por esa circunstancia no...
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