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  • Publicado : 6 de octubre de 2010
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LA CIUDAD ARCHIPIÉLAGO
Guadalupe Santa Cruz

El intenso organismo de un recinto hospitalario está cogido del suelo como pocos otros espacios, aunque todo en su porte y en su compás parezcan desmentirlo. El muro de silencio que instaura en su perímetro inmediato, junto con la intensidad que desborda fuera de sí, construyen barreras materiales y umbrales imaginarios, haciéndolo parecer enclavadoen una suerte de tierra de nadie, fuera de lugar, ausente a la ciudad.
Si supiera decir lo que queremos decir con Santiago (lo que buscaré, aquí, recorrer, desentrañar), diría que el Hospital del Salvador pertenece a la ciudad de Santiago. No a los organigramas de la capital, no a la red pública de administración de los cuidados ciudadanos, sino a lo indefinible, al acertijo que es paranosotros, sus habitantes, esta urbe.

Leer la ciudad
Las calles que transitamos y las páginas que escribimos en Santiago pertenecen a una ciudad desmembrada. Por ello, tal vez, nuestros cuerpos y nuestras plumas viven este obsesivo afán de levantarle mapas, estos repetidos intentos de ofrecerle itinerarios (de hacerse puente de carne), de componerle atajos con la argamasa de las palabras (de hacersetexto con ella). Buscamos distanciarnos y reconocer en ella el paisaje advertido por otros lectores urbanos: de reconocer en su diseño el sueño de alguna razón (como lo hace Angel Rama en la ciudad letrada de América Latina), de percibirla como un relieve vuelto orden moral (Richard Sennett), de descifrar las frases de un texto que leemos sin distinguirlo, callado silabario que forman entre sí losespacios de lo lleno y lo vacío (Roland Barthes). Sabemos que en tanto ciudad latinoamericana, Santiago no se rige por un principio de continuidad, sino de vecindad (Joaquín Velasco), de disparatada contigüidad de los espacios. Que conviven distintos tiempos productivos, en una suerte de arritmia entre la carretela y el internet. Que sus políticas de la memoria se hallan constantemente en disputa,ajenas a un principio patrimonial (disputa que, por ejemplo, ha sido relativamente derimida en países europeos, según Jean-Louis Déotte, a través del museismo estatal). Las huellas de su historia se superponen, entonces, en diversas capas y su centro simbólico, a pesar de algunos hitos, es redefinido constantemente por los avatares de cada época. La ciudad avanza y borra, incluso, sus paradojas:no deja siquiera latir, detrás o por debajo de la coreografía visible y protocolar de la ciudad, las desencajadas escenas que marcaran sus hitos históricos, esperando su propicia repetición (como la Plaza de las Tres Culturas en la Ciudad de México, leída por Octavio Paz en su “Crítica a la pirámide”).
Y, sin embargo, me gusta pensar las palabras desde esta ciudad escurridiza, escribir einscribir los espacios en la abigarrada figura de Santiago, por devolverles su emplazamiento, construirlo a pesar de la corriente que nos empuja, de manera imperceptible, hacia los soliloquios o, con igual fuerza, hacia un principio ordenador único. Precisamente, adivino que esta ciudad esquiva vive en este inter-regno, el cual no habría que importunar. No hacer de Santiago un blanco (sabemos que cuandoes materia de intervenciones, su porosidad traga, desvía, reescribe el gesto, la política que lo desea como objeto), sino conservar la equidistancia que ocupa una urbe respecto de los cuerpos y los discursos. En este juego de dobleces, se trata también de no remedar la frontalidad de la violencia a la cual esta ciudad, nosotros en esta ciudad, fuimos sometidos; de evitar, bajo todas las formasposibles, la repetición de aquellos gestos reductores, aniquiladores, que hacen del otro una presa.
Para abordar la ciudad, entonces, para acceder a las formas singulares de ocupación del espacio en Santiago, tal vez haya que medirse no sólo con las estructuras presentes en ella, sino también con las superficies. Los usos y los decires, como tantas pieles de la ciudad, construyen territorios con...
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