Literatura

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rfol.
Kerfol, Edith Wharton (1862-1937)

―Deberías comprarla ―dijo mi anfitrión―; es precisamente el lugar ideal para un solitario impenitente como tú. Vale la pena poseer la casa más romántica de Bretaña. Sus dueños actuales están sin un céntimo y la dan por una ridiculez... Deberías comprarla.

No fue ni mucho menos con idea de vivir conforme al carácter que mi amigo Lanrivain me atribuía(de hecho, bajo mi apariencia insociable, siempre he tenido secretos anhelos de vida doméstica), por lo que hice caso de su sugerencia una tarde de otoño, y fui a Kerfol. Mi amigo iba en automóvil a Quimper por cuestiones de negocios: me dejó, de camino, en un cruce que había en un páramo; y me dijo:

―Tuerce primero a la derecha y luego a la izquierda. Después, sigue recto hasta que veas unaavenida de árboles. Si te encuentras con algún campesino, no le preguntes. No entienden el francés, pero fingirán que sí y te confundirán. Pasaré por aquí a recogerte a la caída de la tarde... No te olvides de echar una ojeada a las tumbas de la capilla.

Seguí las indicaciones de Lanrivain con la incertidumbre que produce no recordar si te han dicho primeo a la derecha y luego a la izquierda, oal revés. De haberme cruzado con un campesino, desde luego que habría preguntado; y probablemente me habría extraviado; pero tenía el desierto paisaje para mí solo, así que seguí, indeciso, por el camino de la derecha, y me adentré en el páramo hasta que llegue a una doble fola de árboles. Se parecía tan poco a las avenidas que había visto, que instantáneamente comprendí que debía de ser laavenida. Los troncos grises se elevaban a gran altura para luego entrelazar sus ramas pálidas en un largo túnel a través del cual se filtraba débilmente la luz del otoño. Sé el nombre de la mayoría de los árboles, pero hasta hoy no he podido determinar qué clase de árboles eran. Tenían la alta curva de los olmos, la delgadez de los álamos, el color ceniciento de los olivos bajo un cielo lluvioso, y seextendían ante mí una media milla o más, sin una sola interrupción en el túnel que formaban. Si he visto alguna vez una avenida que inequívocamente llevaba a algún lugar, esa era la de Kerfol. El corazón me palpitó un poco cuando me adentré por ella.

Poco después terminaron los árboles y llegué a una puerta fortificada abierta en un muro. Entre el muro y yo había un espacio abierto, cubierto dehierba, con otros paseos grises que arrancaban de allí. Detrás del muro se veían altos tejados de pizarra musogsa, la espadaña de una capilla, el remate de una torre. Un foso invadido de matorrales y espinos rodeaba la plaza; el puente levadizo había sido reemplazado por un arco de piedra, y el rastrillo por una verja de hierro. Estuve largo rato en el lado exterior del foso, mirando a mialrededor y dejando que me invadiese el influjo del lugar. Me dije a mí mismo: «Si espero aquí suficiente rato saldrá el guarda y me enseñará las tumbas...»; y deseé que no apareciera demasiado pronto.

Me senté en una piedra y encendí un cigarrillo. En cuanto lo hice, me pareció un gesto pueril y monstruoso, con aquella enorme casa ciega mirándome, y todas las avenidas desiertas convergiendo hacia mí.Puede que fuera la profundidad del silencio lo que me hizo sentirme tan consciente de mi gesto. El rascado de la cerilla sonó tan fuerte como el chirrido de un freno, y casi me pareció oírla caer cuando la arrojé a la hierba. Pero no fue más que eso: una sensación de inoportunidad, de pequeñez, de desafío inútil, lo de sentarme allí a echar bocanadas de humo a la cara del pasado. No sabía nada dela historia de Kerfol ―acababa de llegar a Bretaña, y Lanrivain no me había mencionado nunca este nombre hasta la víspera―; pero uno no podía contemplar aquella mole sin sentir en ella una larga acumulación de historia. Qué clase de historia, es algo que yo no estaba preparado para adivinar; quizá era sólo el peso de muchas vidas y muertes asociadas, que confiere solemnidad a las casas antiguas....
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