Longevidad

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  • Publicado : 11 de febrero de 2012
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Tengo la edad precisa para ocuparme a fondo de asuntos que a otras son inquietantes, como la brevedad de la vida, la vejez, plácida o desolada aun en compañía, de la longevidad… Y ello, en tiempos en que algunos sociobiólogos pronostican el suicidio masivo de la humanidad. Desde luego planea desde hace tiempo la sombra de una ruina total del planeta causada por el cambio climático y por el saqueoincesante de todos los recursos naturales a cargo del propio ser humano, que justifica semejante vaticinio; en cuyo caso la longevidad podría considerarse bien como castigo bien como prerrogativa; la prerrogativa de esta última generación de asistir a tan extraordinario como definitivo acontecimiento, de la que habrían sido privadas las generaciones precedentes…
Entre tanto y a la espera decomprobar en qué queda ese asunto, la longevidad ofrece aspectos que, como sucede con otras preocupaciones, a edades más tempranas no nos son manifiestas o no nos conciernen: sólo interesan a estudiosos y estadísticos. Pero a nosotros, a quienes hemos entrado en el último tramo de la existencia, a medida que vamos viendo la cercanía del fin se nos van mostrando de la vida detalles que hasta ahoraestaban ocultos, por oscuros o por su propia obviedad, y despertando a la vez sentidos que hasta ahora permanecían naturalmente dormidos. Y con mayor razón o agudeza, si hemos perdido más o menos por completo alguno de los sentidos considerados principales.
Desde luego, cuando he rebasado los setenta, de la lectura apenas me interesa algo que no sea lo que me ayude a bien morir, y de la Naturalezaque tanto me emociona y ahora miro de soslayo y en conjunto, no el detalle (no sea que me sorprenda su agonía), sólo sus castigos. En realidad, a los ojos de las estrellas y ya casi también a los míos, la misma importancia tiene que un pueblo sea tragado por las aguas de un maremoto que una hormiga sea aplastada inadvertidamente en nuestro paseo. Lo demás, el trasunto social, lo observo tambiéncada vez más con más escepticismo, con mayor displicencia, con el asco que nos provoca todo lo reiterativo, todo lo malicioso visto y sabido miles de veces...
Pero hablaba de longevidad: no creo que valga la pena ser longevo. Mejor dicho, no conviene desearlo. Desde luego a mí siempre me han venido bien las cosas tentadoras cuando no he ido tras ellas. No sé si será porque, como decían lospensadores áticos, "cuando los dioses nos quieren casti¬gar acceden a nuestras súplicas", o porque la fortuna sigue a quien la desprecia y huye de quien la persigue... Y es porque llega un momento en que, hay que elegir entre que nuestras defensas biológicas, el vigor, la constitución personal y los hábitos saludables corrijan por sí solos nuestros males, o vivir la vida a medias. Y vivirla a medias esvivir agobiado por la prescripción facultativa, por la presión del entorno para acudir al médico, por los efectos adver¬sos de todos los medicamentos, por la cirugía, por técnicas para respirar o para mantener durante un misérrimo espacio de tiempo el latir del corazón. En suma, en este caso, vivir una si¬tuación de dependencia con la atención ajena a la vida propiamente dicha, puesta simplemente enmantener el existir. Por eso prefiero dejarme llevar no por el miedo a los excesos que evito, sino por el comedimiento. En realidad siempre lo he cultivado, como siempre he procurado sustraerme en lo posible a la estadística. Por ello, si no deseo engrosar la tasa de los que se suicidan lentamente con adicciones perniciosas, tampoco deseo formar parte de la lista de los aficionados al quirófano yla pastilla, atraídos por la propaganda y por la propia clase médica. Otra cosa es nuestra debilidad en la circunstancia, y otra, la presión colectiva. Ambas nos inducen a poner enseguida nuestro destino en manos del médico y de sus pócimas y cirugías… Por ello hay que tener una personalidad de hierro, para no sucumbir a lo que a menudo entraña mayor riesgo que el que tratamos de evitar.
Pues...
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