Los rituales del caos

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En Los rituales del caos, de
Carlos Monsiváis (1938), queda revelada la imagen más fiel de este
autor mexicano: manías, obsesiones, delirios, tributos y ritos se
concentran. Los rituales...
significan una fotografía, una radiografía (el caso sería el mismo,
pues lo que la primera pone en evidencia, la segunda lo revela tal
cual, concretando en el conocimiento siempre) en donde Monsiváispropone, respecto de la sociedad mexicana de fin de milenio –y tal vez
no tan lejana de otras nacionalidades: posmoderna, vertiginosa y
violenta–, en donde las multitudes que la conforman explotan por todos
lados, identificándose como pertenencientes al clan consumidor y
variopinto de la Virgen de Guadalupe, Julio César Chávez, el niño
Fidencio o Santo, el enmascarado de Plata, sin olvidar –porsupuesto– a
Luis Miguel, Madonna y Gloria Trevi. No basta, al parecer, ser un
número más en la especie, sino que se requiere de una etiqueta extra en
la frente.Monsiváis en este libro se desvive por ordenar y
“taxonomizar” a los seres afectos a otro tipo de mercancías: desde el
coleccionismo y sus vaivenes en México, hasta el sexo en la joven
sociedad de masas, sin olvidar a los fanáticosadmiradores de Satán y
los brujos de Catemaco, Veracruz, pasando lista también a los que hacen
del mexicano un ser teledivertido, non pensante y atrapado por el
control remoto (adviértase que el nombre corresponde al objeto) o la
enferma afición del mexicano por las estatuas y monumentos nacionales,
mismos que amenazan con crecer ad infinitum conforme los sexenios
presidenciales se suceden.El autor de Amor Perdido
expone una radiografía de las demencias, aficiones, vicios, y
diversiones de “la gleba”, “el pópolo”, “la grey astrosa”, situando su
campo de acción, encuentro, batalla, donde se concentran los bandos: el
California Dancing Club, el Palacio de los Deportes, el Zócalo
Capitalino, la Basílica Guadalupana, un vagón del Metro, el Salón
México o el Estadio de la CiudadUniversitaria. Los hijos del
consumismo parafernalio, de la diversión a la hora “que usted mande”,
junto con sus padres y madres (entiéndase Los Protagonistas que motivan
el tumulto y provocan el movimiento de la masa a todas Horas) conforman
el caos geo/demográfico que es la Ciudad de México: el único lugar
donde la gente pulula, más que habitar; sobrevive, más que respirar y
disfruta, más quecualquier otra cosa. Ante el evento que inmortalice
su existencia, el espectador consume los 15 minutos que Warhol
ofreciera para alcanzar la fama y la gloria entre los mortales, pues
qué otra cosa sino el don divino es el asistir a cantar “¡Ay Jalisco,
no te rajes!” con Sting o “New York, New York” con Sinatra, lo mismo
que ir a celebrar al Ángel de la Independencia, acto que reafirma elorgullo patriótico y continental; o salir sano, salvo y sin mancha
alguna de la aventura moderna que es llegar a tiempo al trabajo, tras
abordar una “pesera” o el Metro en la Ciudad que no descansa nunca y
que siempre tiene auditorio suficiente para cuanto evento se realice,
por insólito que resulte: la asistencia está asegurada.En todas las
actitudes antes mencionadas estaría comprendida lapersonalidad de
Monsiváis, pues si se quiere identificar al Cronista sería con la
música, la historia, la política y el cine, obsesiones que lo han
llevado lo mismo a cantar y grabar un cd con Las mañanitas que a participar en una película y ganar, por su desempeño en el cuadro, un Ariel. Carlos
Monsiváis ambienta en este libro deseos y obsesiones en su discurso
ensayístico, ordenándolo enparábolas que más que moralizar apelan tan
sólo a las multitudes y su atención valiosa y de las cuales formamos
parte alguna vez, pues lo mismo aceptamos cantidades y productos como
resultado de la explosión demográfica que nos aletarga en el infinito
juego del somos..., mueren..., eran..., seremos..., habrán...

Carlos Monsiváis, el sociólogo más excéntrico de México, ha dejado un legado de...
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