Mamapacha

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  • Publicado : 1 de febrero de 2012
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Más arriba de los corrales de la hacienda del patrón, más arriba de los chaparros erizados de pencas de cabuya, al trepar a gatas por un desfiladero, entre piedras cubiertas de líquenes centenarios, bajo un árbol seco, sin sombra –esqueleto sarmentoso de brazos renegridos– se daba con el huasipungo de Mama Pacha. Lo sórdido del lugar contrastaba con lo amable que se expendía en el bajío. Desdela puerta de la choza –paredes decrépitas y techumbre de paja sucia– se podía observar casi todo el valle aprisionado por la cadena de cerros altos, bajos, redondos, agudos. Al fondo, donde parecía que se barajaban las montañas, flotaba por costumbre una columna de humo azul, presencia, aliento y señal del pueblo cercano. Desde aquel lugar la imaginación jugaba con la realidad: seguía el curso delrío como una cristalina cicatriz del paisaje; rodaba, traviesa y alocada, por el declive de los páramos hasta hundirse en los barrancos, saltando sobre las rocas, sobre las zanjas, sobre el ziz-zag de los chaquiñanes; perseguía a los pájaros que revoloteaban por los sembrados y a la tarde huían al bosque; contaba los ganados en los potreros, en el patio de la hacienda, en la talanquera de larinconada; cruzaba el viejo camino al trote de la mula del señor cura o en la nube de polvo de una recua de bestias, o en el pesado rodar del autobús que iba hacia los pueblos del norte, o en el bamboleo cansado de alguna carreta de bueyes; revisaba, uno a uno, hacia lo alto y árido de la ladera, los huasipungos, como detalles decorativos en el verdor inconmensurable.
Paisaje romántico en contrastecon la presencia de los campesinos agobiados sobre la tierra, contrapunto de manchas pardas, tristes, silenciosas, campesinos en fila a lo largo de caminos y sendas.
Todos los dolores, las penas, los desconciertos, las hambres, las enfermedades y los temores del vecindario de aquella comarca de indios, cholos y chagras, todo lo recogía y guardaba Mama Pacha en una gran bolsa de cuero. Quizás poreso su corazón –esponja que lo absorbía todo– conocía que el hambre los desesperaba, que los humillaba la ignorancia, que el miedo los entorpecía hasta el pavor, que la injusticia los hacía rebeldes, que en la enfermedad se abandonaban, que en el vicio olvidaban, que gritaban su dolor en cada parto y que, en fin, muriendo descansaban.
Y aquel entendimiento, que ella no podía remediar, era suamor, su costumbre y su destino.
Su cosecha de cada día se amontonaba por los rincones de la choza, junto a las boñigas secas para el fogón, los cueros de chivo y los trapos –todos viejos-, junto al pondo de chicha hundido a medias en el suelo, junto a los yuyos medicinales almacenado en los nichos de las paredes. Y a veces, cuando esa carga desbordaba del tugurio estrecho, la vieja, en lastinieblas más espesas, en lo más sordo de la noche, echaba al fuego lo irreparable y se quedaba con lo nuevo, lo esperanzado y curable.
La figura de Mama Pacha, envejecida por el pergamino arrugado de su cara y por los andrajos que vestía, se hacía maternal, heroica y bondadosa al resplandor de las llamas del romero y palo santo, a medida que caían en las brasas los invisibles espíritus de lascalamidades de la indiada y del cholerío, junto con el polvo de ají seco, los perdigones de pimienta y otras raras hierbas. Aquel oficiar de hechicera ahuyentaba cada noche al Huaira Huañuy. El ramal de humo negro que exhalaba la fogata mágica, a la vez que quemaba las penas, las injusticias, humillaciones, contrariedades y hambres de los campesinos, se envolvía en el cuello del fantasma maldito,narcotizándolo, apaciguándolo para que sólo murieran los que tenían que morir y lo hicieran en paz.
Al amanecer, antes de tomar forma y color el paisaje, antes de surgir la sinfonía de murmullos campestres, Mama Pacha tenía por costumbre sentarse en la puerta de su vivienda, en actitud hierática, como de ídolo de barro crudo, para otear en la penumbra matutina la presencia y el rastro de las gentes...
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