Mormones

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¡Oh, sed prudentes!
Élder M. Russell Ballard 
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Ruego que nos centremos en las maneras sencillas de servir en el reino de Dios y nos esforcemos siempre por cambiar vidas, incluso la nuestra.
Hermanos y hermanas, al estudiar recientemente el Libro de Mormón, me llamó la atención una de las enseñanzas del profeta Jacob. Como recordarán, Jacob era uno de los doshijos del padre Lehi nacidos en el desierto después de que la familia partiera de Jerusalén. Jacob fue testigo de milagros y presenció también la división de su familia causada por la desobediencia y la rebelión. Jacob conocía y amaba a Lamán y a Lemuel, así como conocía y amaba a Nefi, y la disensión entre éstos le afectaba de manera íntima y personal. En lo que a Jacob concernía, no era un asuntode ideología, filosofía o incluso de teología, sino que se trataba de la familia.
La tierna angustia del alma de Jacob es evidente ya que le preocupaba enormemente que su pueblo “[rechazara] las palabras de los profetas” en cuanto a Cristo y “[negara]… el poder de Dios y el don del Espíritu Santo… [e hiciera] irrisión del gran plan de redención” (Jacob 6:8).
Y entonces, justo antes dedespedirse, pronuncia siete sencillas palabras que constituyen el texto básico de mi mensaje de esta mañana. La súplica de Jacob fue: “¡Oh, sed prudentes! ¿Qué más puedo decir?” (Jacob 6:12).
Ustedes que son padres y abuelos entienden cómo debió sentirse Jacob en aquel entonces. Él amaba a su pueblo porque, además, también era su familia. Les había enseñado tan claramente como había podido y con toda laenergía de su alma. Les advirtió inequívocamente lo que podía suceder si elegían no “[entrar] por la puerta estrecha, y [continuar] en el camino que es angosto” (Jacob 6:11). No sabía qué más decir para advertir, instar, inspirar y motivar; así que, de manera sencilla y profunda, dijo: “¡Oh, sed prudentes! ¿Qué más puedo decir?”.
Me he reunido con miembros de la Iglesia en muchos países del mundo yme impresionan el ánimo y la energía de muchos de ellos. Se está llegando al corazón de la gente y su vida está siendo bendecida, y la obra avanza con dinamismo, algo por lo que me siento profundamente agradecido; sin embargo, veo que como miembros de la Iglesia debemos ser muy prudentes en todo lo que hagamos.
El Señor, en Su infinita sabiduría, ha ordenado que Su Iglesia funcione con unministerio laico; eso significa que se nos ha mandado velar los unos por los otros y servirnos mutuamente. Debemos amarnos unos a otros como nos aman nuestro Padre Celestial y el Señor Jesucristo. Nuestros llamamientos y nuestras circunstancias varían de cuando en cuando, lo cual nos brinda oportunidades singulares y diversas de servir y progresar. La mayoría de los líderes y maestros de la Iglesiaestán anhelosamente consagrados en el cumplimiento de sus responsabilidades; algunos no con tanta eficacia como otros, es cierto, pero casi siempre hay un esfuerzo sincero por ofrecer un servicio significativo en el Evangelio.
En ocasiones, hay personas que concentran tanta energía al prestar servicio en la Iglesia que sus vidas se desequilibran . Complican su servicio con adornos y ornamentosinnecesarios que ocupan demasiado tiempo, cuestan mucho dinero y absorben muchísima energía. Se niegan a delegar o a permitir que otras personas progresen en sus respectivas responsabilidades.
Como consecuencia de dedicar demasiado tiempo y energía a su servicio en la Iglesia, los lazos familiares eternos pueden deteriorarse y el rendimiento laboral se ve afectado. Eso no es bueno, ni desde el punto devista espiritual ni de ninguna otra índole. Si bien puede haber ocasiones en las que los llamamientos de la Iglesia requieran mayor esfuerzo y una atención poco común, debemos esforzarnos por mantener el equilibrio de las cosas. Jamás debemos permitir que nuestro servicio sustituya la atención que precisan otras importantes prioridades de nuestra vida. Recuerden el consejo del rey Benjamín: “Y...
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