Nad de nada

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Antes de referir la conversación enere el Licenciado don
Francisco de la Coeva, hermano político del Gobernador, y
el EKribano de Cabildo y Secretario privado de don Pedro,
Diego Robledo, conviene dar a los lectores ona idea más
completa de este personaje y de las relaciones que existían
entre él y el Licenciado de la Coeva.
Como ya lo hemos indicado. Robledo, de simple criado
de donPedro, había ascendido a on poesto importante,
obteniendo, a foerza de astocia. la confianza del Gobernador
y la de los principales miembros del Ayuntamiento.
Hábil, con esa especie de habilidad incapaz de elevarse a
concepciones grandes. Robledo era on palaciego intrigante»
que pensaba más en so propio adelanto qoe en el boen
servicio del rey. Pródigo y disipado, cuanto adquiría era
poco parasatisfacer sus pasiones; insensible y calculador, so
voluntad de hierro no retrocedía ante los obstáculos, y sin
pretender atacarlos de frente, procuraba llegar a su objeto
por caminos indirectos y casi siempre por medios reprobados.
Incapaz de comprender la grandeza de ánimo y la
generosidad, incurría en la falta, harto común en los hombres
de carácter igual al suyo, de juzgar a los demáspor su propio corazón, suponiendo que todo podía obte-
ncrsc por medio del oro. Figurando en un tiempo en que
la humildad de origen era una falta imperdonable» y viviendo
en medio de hidalgos orgullosos, el menosprecio,
más o menos disimulado de estos, hería su amor propio
y había petrificado en su corazón la hiél de la envidia y el
odio hacia todo lo que le era superior por el nacimiento,por el valor, por la riqueza y por la posición social.
Una de las personas que por su mérito se habían capeado
el odio de Robledo era don Pedro de Portocarrero. viendo
el maligno Secretario, con celosa emulación, equilibrada so
influencia por la amistad casi fraternal con que Alvarado
distinguía a aquel caballero. Así, aunque procurando disfrazar
su encono, trabajaba constantemente en elánimo de
su señor para desconceptuar al que era objeto de so saña.
Vendido desde algún tiempo a don Francisco de la Coeva,
que consideró oportuno aprovechar la influencia del Secretario
» disimulando el desprecio que le inspiraba. Robledo
era recompensado generosamente por el hermano político
del Gobernador, a quien ayudaba cuando podía en todos
sus planes.
Dos eran los que de preferenciaocupaban a la sazón el
espíritu de don Francisco: el de ser nombrado Teniente de
Gobernador, cuando el Adelantado marchase a la expedición
que traía entre manos, y el de su matrimonio con
doña Leonor. En uno y otro servía Robledo con empeñoso
afán al ambicioso y enamorado hidalgo, aonqoe, como ya
hemos visto, con ningún éxito respecto al segundo. Con
el oro de don Francisco, había ganado elStcreurio una
gran parte de la servidumbre de la bija del Gobernador.
consecuente en su sistema de que por aquel medio podía
obtenerse todo. Cuando Robledo entró en su gabinete,
donde le aguardaba el Licenciado de la Cueva, el mañoso
Secretario estaba no poco chasqueado, al ver que sus manejos
escollaban en la firme decisión de doña Leonor. Después
de haber saludado a don FranciKO. dijo:—Parece cosa del diablo, señor Licenciado, que cuanto
mía empeño te pone, tanto más se dificulta y aleja la consecución
de vuestros deseos. Por lo que hace a la tenencia,
veo alargarse los preparativos de la marcha más de lo que
yo imaginaba, y creo pasará algún tiempo antes de que
estén concluidos. En cuanto al otro asunto» mis trabajos
mis asiduos han escollado hasta ahora en la decisión de
doñaLeonor, que parece ha concebido una pasión algo
seria por Portocarrero. He ganado toda la servidumbre de
es2 señora, y nada adelantamos. Veo será preciso apelar a
otros recursos. Pero para todo se necesita dinero.
—Bien, Robledo—contestó don Francisco con mal humor—;
dinero y más dinero. Tendrás cuanto quieras; pero
es necesario vencer los obstáculos y encontrar algún medio
de destruir...
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