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En la ruta del exilio
Los yaquis que se dirigen a Yucatán, al llegar al puerto de Guaymas, Son., abordan un
barco de guerra del gobierno hasta el puerto de San BIas. Después de cuatro o cinco días de
travesía, desembarcan y son conducidos a pie a través de una de las sierras más abruptas de
México, desde San BIas a Tepic y desde Tepic a San Marcos. Tal vez en línea recta, la
distanciasea de poco más de 160 kilómetros, pero con los rodeos del camino se duplica la
distancia y requiere de quince a veinte días de viaje. Se hace alto en unos campos de
concentración a lo largo de la ruta, así como en las ciudades principales. Durante el camino
se desintegran las familias; esto sucede principalmente en Guaymas, San Marcos,
Guadalajara y la ciudad de México. Desde San Marcos, selleva a estos infortunados por el
Ferrocarril Central Mexicano hasta la ciudad de México, y desde ésta por el Ferrocarril
Interoceánico hasta Veracruz. Aquí se les amontona en un barco de carga de la Compañía
Nacional, y al cabo de dos a cinco días desembarcan en Progreso, donde son entregados a
los consignatarios que los esperan.
En el viaje a Yucatán, mi compañero L. Gutiérrez de Laray yo vimos bandas de
desterrados yaquis; los vimos en los encierros de los cuarteles del ejército en la ciudad de
México; nos juntamos con una cuerda de ellos en Veracruz, en fin, navegamos con ellos de
Veracruz a Progreso.
Había 104 amontonados en la sucia bodega de popa del vapor carguero Sinaloa, en el cual
embarcamos. Creíamos que sería dificil encontrar la oportunidad de visitar esteantro
infecto; pero afortunadamente nos equivocamos. Los guardias cedieron fácilmente a unas
palabras amistosas, y apenas había iniciado el barco su marcha, mi compañero y yo
estábamos sentados sobre unas cajas en la bodega, junto a un grupo de desterrados reunido alrededor de nosotros; algunos de ellos, ansiosos de tabaco, chupaban furiosamente los
cigarillos que les obsequiamos, Y otrosmordían silenciosamente plátanos, manzanas y
naranjas que también les habíamos regalado.
Entre ellos había dos viejos de más de cincuenta años: uno era pequeño, de facciones
agudas, hablador, vestido con un overall norteamericano, blusa de trabajo, zapatos, y
sombrero de fieltro, y con fisonomía y maneras de un hombre civilizado; el otro era alto,
silencioso, impasible, embozado hastala barba con un sarape de colores vivos, única
prenda útil que había logrado sacar de sus pertenencias cuando los soldados lo apresaron.
Había allí también un magnífico atleta de menos de treinta años, que llevaba en brazos a
una delicada niña de dos años; una mujer de cara agresiva, de unos cuarenta años, contra la
cual se oprimía una de diez que temblaba y temblaba presa de un ataque demalaria; dos
muchachos fornidos sentados en cuclillas al fondo, que sonreían medio atontados a nuestras
preguntas; mujeres sucias, casi la mitad de ellas con niños de pecho; además había un
asombroso número de criaturas regordetas, de piernas desnudas, que jugaban
inocentemente en el suelo o nos miraban a distancia con sus grandes ojos negros.
- ¿Revolucionarios? -pregunté al hombre conoverall y blusa.
- No; trabajadores.
- ¿Yaquis?
- Sí, un yaqui -dijo, señalando a su amigo el de la cobija-. Los demás somos pimas y
ópatas.
- Entonces, ¿por qué aquí?
- Ah, todos somos yaquis para el general Torres. Él no hace distinción. Si uno es de tez
oscura y viste como yo, es un yaqui para él. No investiga ni hace preguntas ..., lo detiene a
uno.
- ¿De dónde es usted? -preguntéal viejo.
- La mayoría de nosotros somos de Ures. Nos capturaron durante la noche y nos llevaron
sin darnos tiempo para recoger nuestras cosas.
- Yo soy de Horcasitas -habló el joven atleta con la niña en brazos-. Yo estaba arando en mi
tierra cuando llegaron y no me dieron tiempo ni a desuncir mis bueyes.
- ¿Dónde está la madre de la niña? -pregunté con curiosidad al joven padre.
- Murió...
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