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Introducción
UNA RED DE MARCAS
Si inclino la cabeza, entorno el ojo derecho, cierro el izquierdo y
miro a través de la ventana en dirección del lago, veo el año 1932. Depósitos
color marrón, chimeneas grises, desvanecidos anuncios murales
de marcas hace mucho tiempo muertas, como «Lovely» y «Gaywear
». Es el antiguo Toronto industrial, el de las fábricas de ropa, de
los peleteros y de losmayoristas de vestidos de novia. Hasta ahora nadie
ha encontrado la manera de ganar dinero derribando estos cubos
de ladrillo, y alrededor de este pequeño espacio de ocho o nueve manzanas
la ciudad moderna se eleva caóticamente por encima de la vieja.
Escribí este libro cuando vivía en el fantasmal distrito textil de Toronto,
en un almacén de diez pisos. Muchos edificios semejantes al míoestaban clausurados desde tiempo atrás, con los cristales rotos y las chimeneas
sin humo; la única función capitalista que les quedaba era enarbolar
sobre sus techos sucios grandes carteles luminosos que recordaban
la existencia de la cerveza Molson, de los coches Hyunday y de la
radio FM EZ Rock a los conductores que tomaban la ruta del lago.
En las décadas de 1920 y de 1930 estas callesbullían con inmigrantes
rusos y polacos que se reunían en los restaurantes para conversar
sobre Trotsky y los dirigentes de la Unión Internacional de
Obreras de la Industria Textil. En aquellos días todavía se veían en las
aceras viejos portugueses que empujaban percheros con vestidos y
abrigos, y en la casa de al lado de la mía todavía se puede comprar una
tiara de diamantes de imitación, si esque alguien desea tal cosa. (Quizá
para un disfraz de Halloween o para una representación teatral en
el colegio.) La única actividad está más abajo, en la misma manzana,
entre las pilas de joyas comestibles de Sugar Mountain, la Meca de las
golosinas estilo «retro», que satisface las añoranzas irónicas de los asistentes
nocturnos de un club. Y la tienda de la planta baja sigue haciendomodestos negocios con maniquíes completamente desnudos,
aunque lo más habitual es que se alquile como escenario surrealista
para algún proyecto fílmico estudiantil o como escenario trágicamente
actual para alguna entrevista televisiva.
La sucesión de décadas que se acumulan sobre la Avenida Spadina
tiene un maravilloso encanto fruto del azar, como tantos otros barrios
urbanos caídos en el limbopostindustrial. Sus viviendas y estudios están
llenos de gente que sabe que desempeña un papel en la escenografía
urbana, pero que hacen todo lo posible para que no se note. Si a alguien
se le ocurre decir que él es la «verdadera Spadina», todos los
demás se sienten incómodos y todo el montaje se cae.
Y por eso fue tan lamentable que el Ayuntamiento tuviera la idea
de erigir una serie deinstalaciones artísticas públicas para «celebrar»
la historia de la Avenida Spadina. Primero fueron figuras de acero que
colgaban de los postes del alumbrado; representaban mujeres inclinadas
sobre máquinas de coser y multitudes de obreros en huelga que
elevaban carteles con eslóganes indescifrables. Después sucedió lo
peor: llegó un dedal gigante que fue depositado justo en la esquina de
micasa. Ahí estaba, con cuatro metros de alto y otro tanto de ancho.
En la acera, a su lado, reposaban dos botones gigantes de cuyos agujeros
salían unos débiles arbolillos. Gracias a Dios que Emma Goldman,
la famosa dirigente sindical anarquista, que vivió en esta calle a finales
de la década de 1930, no pudo ver la transformación de la lucha de los
obreros textiles en kitsch de la era industrial.El dedal es sólo la manifestación más clara de la incómoda toma de
conciencia que se ha verificado recientemente. En toda la zona se reforman
los antiguos edificios industriales para convertirlos en complejos
de viviendas, que pasaron a llamarse, por ejemplo, «La Fábrica de
Dulces». Los restos de la época de la industrialización han sido saqueados
en busca de nuevas modas: así sucedió...
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