Pasio del pene

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  • Publicado : 30 de noviembre de 2011
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Trabajando en un poema inspirado en las satisfacciones de tener sexo, sentada en una silla de espaldar recto, pasada de moda y pintada de rojo, en el estudio más pequeño del mundo, donde paso la mayor parte del tiempo escribiendo, buscaba las palabras que describieran la sensación de sentarse en el regazo de la dulce lujuria que hacía oscilar mi cuerpo contra el pene húmedo, delicioso y calientede mi anterior y otra vez amante A. De los penes que he mirado y he tocado en este mundo, el suyo es el que me da el sentido de placer más grande. Todavía en la búsqueda de palabras para describir el placer que siento, palabras que no perpetúen el pensamiento sexista convencional sobre el pene, éstas son difíciles de encontrar.
Las hembras que encontraban y expresaban placer con el cuerpomasculino fueron vistas por largo tiempo como un gran tabú. Antes del movimiento feminista contemporáneo y de liberación sexual, las mujeres no dijeron mucho sobre nuestras impresiones sobre el pene. Ninguna sorpresa fue entonces que cuando finalmente nos auto-dimos permiso para decir lo que deseábamos decir sobre el cuerpo masculino, sobre la sexualidad masculina, fuéramos sólo silencio o simplementerepetidas narrativas que estaban ya en su lugar.
A finales de los años 60 y principio de los 70, las mujeres heterosexuales activas dentro del movimiento feminista hablaban a menudo intrépida y arrogantemente sobre el pene, usando el mismo lenguaje que los hombres en conquistas sexistas cuando se referían a propósitos sexuales. En aquel tiempo, en los grupos para elevar la conciencia feminista,no solamente hablamos sobre cómo las mujeres teníamos que sentirnos más cómodas con palabras como bollo y papaya. De modo que los hombres no pudieran aterrorizarnos o avergonzarnos empleando estas palabras como armas, nosotras también teníamos que ser capaces de hablar del rabo y de la pinga con la misma facilidad. La liberación sexual nos tenía dicho que si deseábamos complacer a un hombreteníamos que estar cómodas con mamar, con la pinga en nuestra garganta, tan adentro que nos lastimara. Entregadas a nuestra labor sexual, tuvimos que tragar nuestro dolor y fingir que era realmente placer.
Las intervenciones feministas en los temas de la sexualidad, junto con el sofisticado control de la natalidad, cambiaron eso: le dijeron a las mujeres que querían estar con los hombres que teníamos elderecho a definir lo que era placentero para nosotras y a demandar nuestros derechos sexuales. Nos dejó saber que no teníamos que consentir la fuerza o fingir que nos gustaba el dolor. Nos dejó saber que el pene no era una serpiente de un solo ojo en el jardín de la dicha sexual, amenazando con sumergir nuestros cuerpos en un lugar donde el dolor defina, penetra y castiga. No necesitamos verlocomo un enemigo.
Como muchas mujeres jóvenes que llegaron a la madurez en ese momento de intensa euforia en el que convergieron la liberación sexual y el movimiento feminista, dejé ir todo el miedo al pene que había rodeado mi niñez. Estos miedos estaban arraigados no en la envidia del pene y el cuerpo masculino, sino en la rabia porque el pene tenía que ser temido. En esos días, el mensaje quesobre el cuerpo masculino recibieron alto y claro las hembras fue que, deseada o no, la penetración podía cambiar para siempre la vida de una muchacha. Ella nunca sería la misma; nunca sería buena otra vez. Puedo recordar la dicha total que el anuncio del control de la natalidad nos ofreció: significó que no teníamos que temer al pene. Podíamos realizar nuestra curiosidad por éste, nuestra atraccióny nuestra pasión.
Cuando niña, veía el pene como si fuera una varita mágica. Era mágica porque podía moverse y cambiar su forma, y las semillas que venían de ella germinarían en el cuerpo de una mujer. Había visto solamente el pene de un bebé; no fue envidia sino preocupación lo que sentí. Temí por él y su varita mágica, tan expuesta, tan fácil de herir y lastimar. Y como tantas muchachas han...
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