Resumen de deshabitados

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CAPITULO I
El padre Justiniano ha llegado a tiempo para oír el tañido de las campanas y ver el vuelo desordenado de las palomas frente a su ventana.
Ya durante el desayuno, recuerda haber mirado su lecho por entre la nube de vapor que se levantaba de una taza de leche caliente y haber experimentado la sensación de un triunfo. Un salto y ya está. La torre no se había desprendido aún del velo deniebla con que se cubre para dormir, y al padre Justiniano le pareció que la voz de la campana lo adelgazaba, para abrirse paso, llegar al lecho de los hombres dormidos y dejar en su oído ese pequeño llamado de Dios.
Estaba de pie, mirando desde el campanario la ciudad aplasta-da, como un vasto panal, y los patios, como alveolos donde los hombres y las mujeres se desplazaban o permanecíanquietos, con esa falta de sentido que tiene el movimiento en los insectos. Ahora, el cura Justiniano escucha el aleteo de las palomas. Con el crepúsculo, ha comenzado a mortificarle una voz interior que quiere ser escuchada. El padre Justiniano recuerda la mañana que tomó los hábitos, con la misma emocionada complacencia con que un viejo abogado recuerda el día que prestó juramento.
Con la cabezahundida entre los hombros y los ojos casi cerrados, el cura Justiniano sufre la evocación que más teme:
Está de pie, con la cabeza forzadamente inclinada sobre el pecho. ¿Está también la madre? Sí, está. Pero, ¿qué hora es? Todo está obscuro. Las paredes de la iglesia semejan grandes lienzos negros sobre los que se hubiera pinta-do algunos rostros rosados y dispersos. Hay un brillo metálico enconstante movimiento. Uno se imagina al hombrecillo encorvado, esforzándose por alcanzar los pedales con las puntas de los pies y deslizando las manos sobre un teclado amarillento en busca de la nota que necesita tocar. ¡Don Matías! ¡Qué chiquito era! Cesa la música. Hay un silencio corto que parece preceder al acto culminante de la ceremonia. Alguien entra en la iglesia por la puerta del fondo. No seescuchan sus pasos; debe ser un sacerdote o algún seminarista. ¿Pensaba en Dios? ¡Cómo podía pensar!
El padre Justiniano siente que su recuerdo lo ha llevado al punto del que debía partir. Ellas saben que aquello no podría resistir el peso de su pensamiento.
Se dice que ya es muy tarde y que debería ver si el sacristán cerró las puertas: "Si uno no ve las cosas personalmente, no se puede estarseguro".
Intenta sacar su reloj. Se lo impiden los brazos del sillón, que son muy altos. ¿Quién le regaló? Está viejo; sobre todo la cadenilla. No vale la pena. El vidrio del reloj está salpicado de pequeñas manchitas. Si el padre Justiniano dijese en voz alta sus pensamientos, escucharíamos también, entre los que se refieren al sacristán o al reloj, otras frases cortas, dichas apresuradamente y enun mismo tono de voz: "La cadenilla de oro". "La música". "Otra vez". "¿Pensaba en Dios?". "El traje del obispo". "Mis manos estaban muy juntas".
El padre Justiniano duda: ¿qué es lo que ha escuchado? ¿Es un llamado a la puerta o la necesidad que tiene de huir de sus pensamientos?
Mira en esa dirección. Otra vez el mismo ruido.
¿Quién? —pregunta.
¡Padre, lo esperan para la confesión!
Es elsacristán. Al cruzar la habitación repara en que sus pensamientos lo llevaron muy lejos. Ya está de vuelta. Le parece que el taladro está en sus manos y que debe usarlo hasta llegar a la pulpa. Una imagen que se le ocurrió mientras una señora confesaba pecados verdaderamente pequeños. Cosas de señoras. La expresión de ellos es lo que recuerda. El sillón de cuero lo recibe con suavidad y con latibieza que dejó su cuerpo. Otras veces se dice que él presiente su llegada y que entonces cierra los ojos para no verla. La primera vez
Desde uno de los marcos, alguien; el tío Manuel- estira la mano y le da unas palmaditas en la mejilla que son todo un mensaje de ternura dicho con dificultad.
Un poco más allá, el retrato del padre. Sí, con esas palabras preguntó a su madre. También hay un retrato...
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