Romantisismo

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Romanticismo español
Del Neoclasicismo al Romanticismo

I. Mirada retrospectiva
Aquellas águilas caudales que se enseñorearon del cielo del arte en nuestro Siglo de Oro -Lope, Cervantes, Calderón, Tirso, Fray Luis, Garcilaso, Quevedo, Argensolas- habían sido ya abatidas por la muerte. La escena se nutrió ahora, sucesivamente, con las creaciones de Zamora, Candamo y Cañizares, de muy inferiorcalidad, aunque no de tan baja estofa como han supuesto algunos críticos, por demás descontentadizos y severos, y de Moratín, el padre, Cadalso, Huerta, Jovellanos, Cienfuegos, Moratín, hijo, y Quintana, entusiastas seguidores del ideal clásico, pero sin verdadero talento creador, y algunos de ellos, como los autores de La Zoraida y el Pelayo, adelantados, en cierto modo, del movimiento romántico.La lira había pasado de las manos egregias de Fray Luis, de Garcilaso y de Herrera, a las torpes y desmañadas, de los poetastros de fines del XVII y de los dos primeros tercios de la siguiente centuria, con excepción de los malogrados Gabriel Álvarez de Toledo y Gerardo Lobo, y la mejicana Sor Juana Inés de la Cruz, que respecto de los Cáncer, Montoro, Benegasi y Trigueros, constituían una tríadapoética de singulares merecimientos.

La decadencia literaria, con escasísimas salvedades, había invadido todo el campo de la creación artística. Los soles habían llegado a su ocaso, sin que otros astros de fulgurante brillo y hermosura viniesen a ocupar el cielo. Nuestra postración literaria iba unida al desmoronamiento del imperio, y en circunstancias tales no era cosa fácil oponerse conéxito a esta total declinación hispánica. El mal gusto, con la variedad de sus modalidades expresivas; los revesados conceptos, que el paciente discurso elaboró, con miras, diríamos, de hacerlos inasequibles al entendimiento ajeno; las trivialidades y prosaísmos ocupando el lugar de los temas elevados y trascendentes con que debe irrumpir el ingenio creador en la esfera de sus actividades; el lenguajetropológico empedrado de oscuridades, extravagancias y descarríos; los chistes procaces y chabacanos, sin un solo destello de verdadera gracia, echaron sus raíces en el suelo del arte, sin que bastaran de momento a tanto estrago estético, las juiciosas normas dadas a la luz por los que pretendían restaurar el buen sentido y la belleza. ¡Qué derroche de imágenes avulgaradas y ñoñas! ¡Qué talentosatírico más aplebeyado! ¡Cuántas comparaciones absurdas, sin relación alguna con las cosas que pretendían poner de resalto! ¡Cuánto asunto insustancial, desgarbado y ramplón, acicalado de forma rítmica! ¡Qué amaneramiento más insufrible, sin que cupiera decir en descargo de estos escritores, lo que observó lord Macaulay del estilo amanerado de Horacio Walpole, el cual «logró hacer tan natural ypropia su manera, tan fácil y habitual su afectación, que no era posible llamarla en él así»!1

Todo el edificio del arte, en cuya construcción y ornato habían puesto sus manos los grandes alarifes de nuestra áurea literatura, se había venido abajo. Nada quedaba en pie, sino alguna columna o arquitrabe de confuso orden arquitectónico, llamados a desaparecer también, dada su poca consistencia y elgeneral desplome.

Ninguno de los grandes objetos a que se dirigen de ordinario los poetas de verdad: Dios, el hombre, la naturaleza, la historia, atraían la curiosidad y el numen de estos tributarios de las musas. Optaban por los temas triviales, carentes de toda fuerza poética, inadecuados para elevarse a las altas cumbres de la creación estética. La idea de Dios les hacía prorrumpir envulgares conceptos, cuando no en chanzas y burletas de todo punto inadmisibles. Del amor no conocían sino los galanteos y requiebros cortesanos, sin que la exaltación del sentimiento erótico les encaramase a las cimas de la pasión poética. El Universo les tentaba en sus manifestaciones más intrascendentes y prosaicas, como si fueran las caspicias de las ideas y de los afectos humanos las únicas...
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