Scorpio city

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[...] ciudad reflexión de la furia, ciudad del fracaso ansiado, ciudad en tempestad de cúpulas, ciudad abrevadero de las fauces rígidas del hermano empapado de sed y costras, ciudad tejida en la amnesia, resurrección de infancias, encarnación de pluma, ciudad perra, ciudad famélica, suntuosa villa, ciudad lepra y cólera hundida, ciudad. Tuna incandescente. Aguila sin alas. Serpiente de estrellas.Aquí nos tocó. Qué le vamos a hacer. En la región más transparente del aire. Aquí podemos reinar... Y mejor reinar en el infierno que servir en los cielos. JOHN MILTON Quizás sólo sea posible escribir sobre ciertas cosas cuando ya apenas pueden herirnos y hemos dejado de soñar con ellas, cuando estamos tan lejos, en el espacio y en el tiempo, que casi daría igual que no hubieran

CARLOS FUENTESANTONIO MUÑOZ MOLINA

El Daimón de Scorpio le conduce a encontrarse con algo terrorífico, oscuro y destructor.
Liz Green

1. LOS CRIMENES
El inspector Leonardo Sinisterra descendió de la patrulla con movimientos lentos, cautelosos, y su mirada felina recorrió con agilidad la calle y las casas vecinas. Prendió un Pielroja y, atravesando el grupo de curiosos, se internó en el callejón. Latarde soleada y transparente contrastaba con la escena de la mujer en ropa interior asesinada al fondo, frente a un sauce marchito, Sinisterra llegó hasta el cadáver y notó las formas perfectas y torneadas de la víctima. Le calculó veintiséis o veintisiete años. Cuando los muchachos de la patrulla le dieron la vuelta, Sinisterra quedó ensimismado viendo los ojos almendrados, los labiosprotuberantes, el cabello ensortijado y revuelto en una maraña salvaje. La cuchillada le había abierto la garganta prácticamente de lado a lado. El inspector tuvo la sensación de estar contemplando una muñeca rota, una bailarina quebrada en una vitrina de juguetes. —Mierda —dijo en voz baja—, otra puta asesinada.

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Con el pie izquierdo aplastó la colilla contra el piso y revisó alrededor del cadáveren busca de alguna pista. Nada. El quinto crimen en un mes y el asesino no dejaba rastro. Preguntó con voz seca, distante: —¿Cómo se llamaba, cabo? —María Ortega. Caía la tarde. Sinisterra ordenó a los muchachos regresar a la comisaría después del levantamiento de cadáver. Se despidió y decidió volver a su departamento solo, a pie. Caminó por la Carrera Séptima hasta la Avenida Jiménez,atravesando la Bogotá tradicional ahora inundada de comercios y almacenes, y luego bajó al sector de San Victorino. El olor del mercado, las telas, los corredores internos llenos de baratijas y comerciantes al acecho, todo ese maremágnum de cuerpos y objetos lo reconfortó. Siempre había sido así. Bastaba que entrara allí y se perdiera en el laberinto de pasillos y largas galerías para que cualquiersentimiento depresivo desapareciera. No sabía por qué, pero el viejo mercado

informal y popular de San Victorino producía en su interior un efecto reconfortante. Tal vez fuera la sensación de perderse en la multitud, el placer del anonimato en el centro de la muchedumbre. Tal vez. Antes de llegar a su departamento se dirigió a la guarida de Zelia, una vieja ex prostituta negra, un tanto aindiada, quese había retirado del oficio para crear una secta cristiana donde iban a parar los delincuentes del sector a pedir alimento espiritual. En efecto, la Iglesia de los Pobres era una cueva de ladronzuelos, drogadictos y prostitutas necesitados de una mano amiga, de un consejo en un momento de dificultad. Zelia, en su papel de elegida por las fuerzas del más allá, intentaba, con sus ademanes y gestosde vieja ramera curtida en las artes de la seducción, reorientar al rebaño del hampa del centro de la ciudad. Sinisterra entró a la destartalada edificación, cruzó el viejo 5¿ión que hacía de capilla y golpeó en la puerta donde sabía que atendía la sacerdotisa. —Siga. Al verlo, Zelia sonrió y se levantó de un sillón descolorido a saludarlo con su coquetería habitual. —Dime, amor, para qué soy...
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