Sr. de las moscas

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EL SEÑOR DE LAS MOSCAS

William Golding

William Golding
Título original: Lord of the Flies Traducción: Carmen Vergara © 1954 Faber & Faber, Ltd. © 1975 Alianza Editorial S. A. Calle Milán 38 - Madrid ISBN: 84-206-1381-9 Edición digital J.M.Rivas R4 07/02

A mi madre y a mi padre

1. El toque de caracola El muchacho rubio descendió un último trecho de roca y comenzó a abrirse pasohacia la laguna. Se había quitado el suéter escolar y lo arrastraba en una mano, pero a pesar de ello sentía la camisa gris pegada a su piel y los cabellos aplastados contra la frente. En torno suyo, la penetrante cicatriz que mostraba la selva estaba bañada en vapor. Avanzaba el muchacho con dificultad entre las trepadoras y los troncos partidos, cuando un pájaro, visión roja y amarilla, saltó envuelo como un relámpago, con un antipático chillido, al que contestó un grito como si fuese su eco; - ¡Eh - decía -, aguarda un segundo! La maleza al borde del desgarrón del terreno tembló y cayeron abundantes gotas de lluvia con un suave golpeteo. - Aguarda un segundo - dijo la voz -, estoy atrapado. El muchacho rubio se detuvo y se estiró las medias con un ademán instintivo, que por un momentopareció transformar la selva en un bosque cercano a Londres. De nuevo habló la voz. - No puedo casi moverme con estas dichosas trepadoras. El dueño de aquella voz salió de la maleza andando de espaldas y las ramas arañaron su grasiento anorak. Tenía desnudas y llenas de rasguños las gordas rodillas. Se agachó para arrancarse cuidadosamente las espinas. Después se dio la vuelta. Era más bajo que elotro muchacho y muy gordo. Dio unos pasos, buscando lugar seguro para sus pies, y miró tras sus gruesas gafas. - ¿Dónde está el hombre del megáfono? El muchacho rubio sacudió la cabeza. - Estamos en una isla. Por lo menos, eso me parece. Lo de allá fuera, en el mar, es un arrecife. Me parece que no hay personas mayores en ninguna parte. El otro muchacho miró alarmado. - ¿Y aquel piloto? Pero noestaba con los pasajeros, es verdad, estaba más adelante, en la cabina. El muchacho rubio miró hacia el arrecife con los ojos entornados. - Todos los otros chicos... - siguió el gordito -. Alguno tiene que haberse salvado. ¿Se habrá salvado alguno, verdad? El muchacho rubio empezó a caminar hacia el agua afectando naturalidad. Se esforzaba por comportarse con calma y, a la vez, sin parecer demasiadoindiferente, pero el otro se apresuró tras él. - ¿No hay más personas mayores en este sitio? - Me parece que no. El muchacho rubio había dicho esto en un tono solemne, pero en seguida le dominó el gozo que siempre produce una ambición realizada, y en el centro del desgarrón de la selva brincó dando media voltereta y sonrió burlonamente a la figura invertida del otro. - ¡Ni una persona mayor! Enaquel momento el muchacho gordo pareció acordarse de algo. - El piloto aquel. El otro dejó caer sus pies y se sentó en la tierra ardiente. - Se marcharía después de soltarnos a nosotros. No podía aterrizar aquí, es imposible para un avión con ruedas. - ¡Será que nos han atacado! - No te preocupes, que ya volverá. Pero el gordo hizo un gesto de negación con la cabeza. - Cuando bajábamos miré por unade las ventanillas aquellas. Vi la otra parte del avión y salían llamas. Observó el desgarrón de la selva de arriba abajo. - Y todo esto lo hizo la cabina del avión. El otro extendió la mano y tocó un tronco de árbol mellado. Se quedó pensativo por un momento.

- ¿Qué le pasaría? - preguntó -. ¿Dónde estará ahora? - La tormenta lo arrastró al mar. Menudo peligro, con tantos árboles cayéndose.Algunos chicos estarán dentro todavía. Dudó por un momento; después habló de nuevo. - ¿Cómo te llamas? - Ralph. El gordito esperaba a su vez la misma pregunta, pero no hubo tal señal de amistad. El muchacho rubio llamado Ralph sonrió vagamente, se levantó y de nuevo emprendió la marcha hacia la laguna. El otro le siguió, decidido, a su lado. - Me parece que muchos otros estarán por ahí. ¿Tú no has...
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