Una defensa del autoengaño

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  • Publicado : 16 de noviembre de 2011
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JUAN PEDRO PÉREZ ROMERO

UNA DEFENSA DEL AUTOENGAÑO:
EL HOMBRE BAJO LA TENSIÓN DE LA SUPERVIVENCIA Y LA RACIONALIDAD.

La cuestión esencial de nuestro trabajo se centrará en el papel que ejerce el autoengaño en una posible ética de la creencia, la cual deberemos, a su vez, explicitar. En último término, y a través de un cuestionamiento sobre la tensión existente entre la racionalidad y lasupervivencia, se intentará examinar si el papel de este fenómeno es únicamente el de dificultar los procesos que guían al agente doxástico en su formación de creencias o si, por el contrario, podemos salvaguardar la naturaleza del autoengaño desde algún punto de vista.
Pero antes de llegar al final del camino, deberemos tratar un buen número de cuestiones, a fin de delimitar y describir elhorizonte desde el cual se enmarca nuestra posición.
Empezamos subrayando nuestras expectativas: no se pretenderá realizar una reflexión que esté marcada por la excesiva teorización de la cuestión. Nuestra posición es esta debido a que en un buen número de ocasiones, el afán de establecer relaciones y distinciones conceptuales (que ayuden a clarificar la naturaleza del agente doxástico y sus procesos)acaba por convertirse en una serie de compartimentos estancos que, a la vez que clarifica los elementos que intervienen en el problema, suele olvidar al hombre y a su naturaleza.
Por ello, y pese a que pueda alejarse del estricto proceder de la cuestión, no podemos por menos de empezar con unas mínimas consideraciones antropológicas que sustenten nuestra propuesta.
Sorprende que en muchas delas reflexiones de los autores que tratan los parámetros de una ética de la creencia, esté involucrada una inconsciente propensión a ensalzar las virtudes y posibilidades del hombre, casi todas ellas racionales, a la hora de enfrentarse a los problemas derivados del establecimiento de una creencia. Desde esta aceptación de las capacidades de la razón humana se llega, sin ninguna estaciónintermedia, a una exigencia: aquella que manifiesta que si el agente realiza un compromiso para con sus facultades podrá satisfacer los deberes de la ética en cuestión.
Quizá el exponente máximo de esta actitud sea Clifford. Su fe ciega en la capacidad racional del hombre para investigar y perseguir aquello que apunta hacia la verdad le hace llegar a decir que “ni la simplicidad mental ni la baja escalasocial pueden sustraerse a la obligación universal de cuestionarnos todo lo que creemos”.
Y tiene razón, ahora bien, su acierto viene del hecho de exigir un deber al hombre basándose en el presupuesto no explicitado, sino dado por hecho, de que incluso el hombre menos preparado intelectualmente tiene, en base a su naturaleza y capacidad racional, la posibilidad inequívoca de lograr cumplir estaexigencia. Y es en este presupuesto donde surge el conflicto.
Tener una imagen del hombre basada en el máximum de sus capacidades cognitivas es un error de base y difícilmente aceptable, que queda retratado con un ejemplo tan tosco como ilustrativo: pensemos en el tañido caso de la madre que ve a su hijo atrapado bajo un coche y, debido al aumento de la adrenalina, es capaz de levantar con suspropias fuerzas un vehículo de más de 500 kilos, ¿sería razonable exigir a una madre esa capacidad en todas las circunstancias posibles?
Además, estudios como los realizados por Alexandre Luria muestran hasta qué punto los procesos cognitivos pueden estar muy alejados de esa visión excelsa con que suelen ser descritos. Luria muestra hasta cinco importantes incapacidades en aquellos sujetosanalfabetos o semianalfabetos, de los que los más importantes son la incapacidad para la abstracción y la generalización; la ausencia de procesos basados en la deducción, solución e imaginación y, el más esencial, la incapacidad para el autoanálisis y la autoconciencia.
Evidentemente, no abrigamos la idea de que haya que postular una ética de la creencia tomando como patrón las dificultades cognitivas...
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