Una vida en crudo

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  • Publicado : 18 de diciembre de 2010
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Una vida en crudo
Mbarek Najeh
Un día no como los otros quise arrojar mi alma cansada y ávida de deseos en el purgatorio del vicio. Tomé el último ómnibus, viejo y chirriante, que enlaza incansablemente mi ciudad con un pequeño pueblo mítico, famoso por sus mujeres bellas con sus luengos cabellos rubios como las ninfas salientes del libro de Garcilazo. Y donde la carne humana es más barata ydulce que en ninguna otra parte del mundo.
Al llegar no tardé en encontrar inmediatamente la mujer que vivía en mis adentros y alimentaba desde hace mucho tiempo mis sueños y ensueños; era una joven en la flor de la vida, con apenas diecisiete años de edad, alta, rubia y de ojos grandes y rasgados. Sin pronunciar ninguna palabra -en tales casos el lenguaje de los ojos es más fuerte que laspalabras- le seguí por las estrechas y curvadas calles que desembocan en una pequeña casa compuesta de dos habitaciones y pintada de cal. Lo primero que tuve que soportar era el aire denso y fétido que exhalaba la casa; un aire semejante al olor del mar agitado en invierno. Encendió, entretanto, la pálida luz amarilla que aclaraba la habitación en que entramos, descubriendo los pocos objetos que laamueblan; una mesa de madera gastada y carcomida por el frío y la humedad de la habitación sin ventanas, una cama vieja y chirriante. Al otro lado, se vislumbraba a penas un pequeño espejo con bordes dorados y un peine de moda. Me senté al borde de la cama sobre una silla enana de hierro. Quité la gabardina que dejé caer sobre la sabana llena de manchas de todos los colores. Saqué un cigarrillo, loencendí y se lo ofrecí :
- Gracias, es usted muy amable- dijo con su voz suave y clara, luego agregó: -Cómo se llama usted y en qué le puedo servir.
- Creo que me entiendes perfectamente, estoy aquí para enrollarme en su belleza, respondí riendo.
Dejo de reír después de un instante y me miró con los ojos abiertos y una sonrisa maliciosa en los labios.
- Parece usted a unpequeño sabio que le gusta filosofar. Que se acuerde usted que el lenguaje que entiende este miserable y condenado pueblo es el lenguaje del vicio, la vergüenza, el deshonor y la maldición. Ha escuchado alguna vez que esta tierra seca y maldita dio a nacer a un sabio o a un profeta, claro que no. Todos los que viven aquí son unas pobres siluetas que recorrían la vida como sonámbulos.
Permanecímudo y pensativo. Silencio. Ladridos desvanecidos de perros a lo lejos. Humo por toda la habitación. Y miradas que se cruzaban y se unían en el limbo que nos separaba. Se sentó a mi lado y tendió su mano derecha y torpe alrededor de mi nuca y susurró cálidamente en mis orejas:
- Seguro que nunca ha aprendido usted esto. Los hombres se ilusionan al creer que todo se puede encontrar y leeren los libros. No tema usted. Es la vida, nuestra única escuela. ¿Que más da ir diariamente a la escuela y soportar la tiranía y las miradas obscenas de los maestros y profesores? Ha escuchado usted la historia de aquel maestro imbécil que se aprovechó de la inocencia de su alumna de nueve años y la violó sin piedad. ¿Es por eso que va la gente a la escuela? Seguramente no. Quizá sea equivocada.Nadie en el mundo tiene la razón de lo que pasa sobre la tierra, hasta Dios se hartó de nosotros y nos abandonó para siempre en medio del tormento.
Otra vez el silencio. Un silencio fuerte y pesado. Soltó su cabellera. Ríos tumultuosos y dorados cubrían un cuello de cisne; largo y blanco. Voces de deseo e instinto salvaje se enredaban en mi interior. Confusión. Erección. Destilación y otra vezel silencio. Metí la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y saqué la cajetilla de cerillas y encendí dos cigarros al mismo tiempo. Le tendí uno que se puso a absorberlo con la ansia de un hambriento. Se levantó y atisbé a través de las redes del humo una amarga sonrisa dibujada en su cara alargada. Me dio la espalda y salió por un instante. El clavel de su jugosa lengua llenaba mi boca....
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