Yo mato giorgio faletti

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  • Publicado : 27 de marzo de 2011
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Obra literaria:

Yo mato

primer carnaval
La ciudad casi no tenía forma; estaba envuelta en una ligera bruma que reflejaba las luces encendidas en la noche. Un poco más abajo, ya en territorio francés, podía ver los campos iluminados del Country Club donde probablemente se estaba entrenando alguna estrella del tenis internacional; a un costado se alzaba el Parc Saint-Roman, uno de losrascacielos más altos de la ciudad. Más allá, hacia Cap d’Ail, bajo la roca de la ciudad vieja, se adivinaba el barrio de Fontvieille, arrancado al mar metro a metro, pedazo a pedazo.
Encendió al mismo tiempo un cigarrillo y la radio, sintonizada en Radio Montecarlo. Mientras conducía el coche por la rampa que llevaba a la calle, accionó el mando a distancia para abrir la verja. Dobló a la izquierday bajó lentamente hacia la ciudad, disfrutando del aire ya caliente de finales de mayo.
Por la radio sonaba «Pride», un tema de U2, con su inconfundible ritmo de guitarra de fondo. Sonrió. Stefania Vassallo, la locutora que realizaba la emisión de Radio Montecarlo a aquella hora, sentía una auténtica pasión por «The Edge», el guitarrista del grupo irlandés. No perdía la ocasión de incluir algúntema de ellos en su programa. En la radio le habían tomado el pelo durante meses por el aire soñador que llevaba como un maquillaje cuando al fin logró obtener una entrevista con sus ídolos.
Mientras recorría la carretera llena de curvas que llevaba desde Beausoleil hacia el centro, se puso a marcar el ritmo con el pie izquierdo, al tiempo que Bono, con voz ronca y melancólica, contaba historiasde un hombre llegado in the name of love.
Había un anticipo de verano en el aire, con ese aroma particular que solo tienen las ciudades que están a orillas del mar. Olor a sal, pinos, romero, voluptuosidad y vanidad. Promesas y apuestas. No cumplidas las primeras, perdidas las segundas.
El mar, los pinos, el romero y el florecimiento del verano seguirían allí todavía durante mucho, mucho tiempodespués de que él y sus semejantes, que se afanaban en aquel lugar y en otros parecidos, se hubieran perdido en el olvido.
Sin embargo, viajaba con el coche descubierto, con el pelo al viento, promesas en el corazón y buenas apuestas a la vida.
Había cosas peores en el mundo.
A pesar de la hora, circulaba solo por la carretera.
Cogió la colilla del cigarrillo entre el pulgar y el índice, lalanzó al aire y siguió por el espejo retrovisor la parábola luminosa. La vio caer sobre el asfalto y dispersarse en minúsculas chispas. La última bocanada de humo se perdió en la misma ráfaga de viento.
Cuando llegó al final de la bajada, permaneció un instante indeciso, pensando qué calle coger para llegar a la zona del puerto. Mientras recorría la rotonda optó por girar hacia el centro y seguirpor el bulevar d’Italie.
Los turistas comenzaban a afluir al principado. El Gran Premio de Fórmula Uno, recién concluido, señalaba el principio del verano monegasco. De allí en adelante, los días, las tardes y las noches de la costa serían un vaivén de actores y espectadores. Por un lado, limusinas con chófer y pasajeros de aire suficiente y aburrido. Por otro, autobuses cargados de gentesudorosa y admirada. Iguales a los que se hallaban de pie ante los escaparates, con el reflejo de las luces en sus ojos. Sin duda algunos de ellos se preguntaban de dónde sacar tiempo para comprar aquella chaqueta, mientras que otros se preguntaban de dónde sacar el dinero. Eran el blanco y el negro, los dos extremos; en medio, se extendía una variada serie de matices de gris. Muchos vivían con el únicofin de encandilar con falsas apariencias; otros, trataban de protegerse de ellas.
Jean-Loup pensó que las prioridades de la vida, al fin y al cabo, son bastante simples y reiterativas, y en pocos lugares del mundo era tan posible cuantificarlas como allí. La caza del dinero ocupa el primer puesto. Algunos lo tienen y todos los demás lo desean. Simple. Un lugar común se convierte en tal por la...
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