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  • Publicado : 11 de diciembre de 2011
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Crónicas gris marengo
Los empresarios, los financieros, los hombres de negocios, incluso los ricos, riquísimos, de capitales incalculables tienen su crónica en las páginas salmón de los grandes rotativos. En cambio, los tiburones de Wall Street, las tríadas chinas, los reyes de las mafias, los señores de la guerra, los metagrupos económicos, las logias laicas del poder político no tienencrónica. Mejor dicho, no quieren tenerla. Sus reuniones son secretas. No levantan actas de sus foros de análisis. No hay registros de sus tomas de decisión. No emiten comunicados de prensa. No dejan huellas. No constan. Ser invisibles es su blindaje. Ser herméticos, su inmunidad.
Si esos ricos y poderosos de la Tierra quisieran ser noticia, su crónica no sería salmón. Sería gris marengo. Y el méritomás peligroso —y más apasionante— de Daniel Estulin es que, a contramano de esos imponentes núcleos, se está atreviendo a escribirla.
Buscaba yo no recuerdo qué —o sí recuerdo qué, pero no hace al caso— por las afueras de la ciudad política, por los arrabales de la ciudadela económica. Buscaba yo por esos territorios sin callejero y sin ley, donde nada es lo que parece, y que se llaman «lossuburbios del poder». Y en esas búsquedas por tierra de nadie entré en las websites del Club Bilderberg (clic), de Los señores de las sombras (clic). Y allí estaba Daniel Estulin.
Frente amplia, tempranamente surcada. Tez oscura. Pelozaino anudado en la nuca. Ojos color basalto. Ceño indómito. Montadas sobre su cabeza, unas desafiantes Ray-Ban de sol.
Revisé lo que ofrecían las webs y le dejé unmensaje.
No tardó en llamar. Desde Sudán. Su voz, con un acento que entonces no supe descifrar, sonaba clara y firme.
—¿Vives ahí?
—No. Estoy aquí buscando...
—Ya somos dos. ¿Qué buscas en Sudán?
—Busco rutas... Rutas de armas, rutas de diamantes.
—¿Y rutas de coltán?
—Ahora no, pero podría ser. El coltán lo sacan del Congo y a veces pasa por aquí. ¿Te interesa el coltán, Pilar?
—Sólo eltrocito que hace funcionar mi teléfono móvil.
Al cabo de un mes, estaba sentado frente a mí en el café Gijón. Recoletos, Madrid. Yo tenía unas preguntas que no pensaba formular a cualquiera. Y lo primero que debía averiguar era si él tenía las respuestas. Ahí empezó mi examen. Un implacable tercer grado. Noté enseguida que Estulin se conocía el patio de los interrogatorios hechos desde la sospecha yla desconfianza. Y que, bajo esa frente diáfana coronada por las Ray-Ban, llevaba un potente depósito de información sensible, materia reservada, top secret. «Llámalo hache —dijo en algún momento—. Son asuntos que ni siquiera están clasificados: oficialmente no existen.» Y si existen, pensé yo, son gris marengo.
A grandes brochazos, me informó del Grupo Bilderberg, del Council on ForeignRelations, de la Comisión Trilateral, del Banco Mundial, del Lazard Fréres... Todo ello salpicado con nombres de políticos, banqueros, presidentes de multinacionales, productores de petróleo, multimillonarios en trillones de dólares como Edmond de Rothschild, el barón Krupp, Beatriz de Holanda, Isabel de Inglaterra... «A su lado, Bill Gates es el chico de los cafés.»
Lo de Bill Gates me sonó a boutade.Con más tiempo y más datos, entendí que no era una exageración de Estulin.
Sofía, reina de España, fue la primera persona que me habló del Bilderberg. Ella es miembro, y no sólo invitada, desde 1989, a propuesta del príncipe Bernardo de Lippe, el fundador del Club. La versión de la reina sobre esos secret mee- tings era la versión oficial descafeinada: un foro plural de pensamiento sobre temasde actualidad. Sólo que los pensadores que citó —David Rockefeller, Henry Kissinger, Étienne Davignon, lord John Kerr, Harold Ford Jr., Zbigniew Brzezin- ski, Gianni Agnelli, Bill Clinton— no me parecieron precisamente unas lumbreras de la filosofía.
Así pues, escuché con atención a Estulin. Pero cuando creí que estaba ya a punto de tocar el gran arcano del todopoderío, se paró en seco:
—El...
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